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Una voz para el cenzontle impávido: conversación entre poetas y espacios

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

La lectura de este libro es un recorrido poético, que nos lleva a transitar la vida y obra de dos grandes poetas zacatecanos, Ramón López Velarde y Roberto Cabral del Hoyo. En esta obra, fruto de dos años de investigación en la maestría, Magdalena López Espinosa pone de manifiesto su singular pasión por la poesía, pero también su amor por la ciudad de Zacatecas. 

Magda busca los hilos que conectan la voz poética de Cabral del Hoyo con la de López Velarde, realizando un ejercicio interesante de literatura comparada; así, ella encuentra temas afines entre ambos poetas; el terruño, la mujer amada, la muerte, la familia y la religión, además de ofrecer una visión amplia acerca de la literatura regional, concepto muchas veces denostado, incluso en la academia. A lo largo del libro, Magda funge como crítica, como investigadora, pero a ratos también coquetea con la poesía, cuya atracción por ésta es evidente en cada página. 

Más allá de las afinidades temáticas, la autora vislumbra otro aspecto que atraviesa, de manera sutil, este libro, y es la relación de los poetas con los espacios que habitan. La ciudad emerge en la obra de ambos como un territorio afectivo construido por la memoria, no es sólo un escenario geográfico. En este sentido, la lectura del libro evoca algunas de las reflexiones de Gaston Bachelard, acerca de aquellos espacios íntimos, que funcionan como refugios y configuran la imaginación. El terruño, la casa, la ciudad natal, los pozos, incluso los recuerdos familiares y las evocaciones de la mujer amada, adquieren una dimensión de refugios poéticos, a partir de los cuales cada uno de los autores construye su propia poética. 

Por otra parte, el título del libro es también objeto de reflexión. La imagen, “una voz para el cenzontle impávido”, parece remitir al poema de López Velarde, titulado «Para el zenzontle impávido», donde el ave deviene símbolo del canto que persevera frente a la oscuridad y el silencio: “He vuelto a media noche a mi casa, y un canto / como vena de agua que solloza, me acoge… / Es el músico célibe, es el solista dócil / y experto […]. A su vez, la imagen del cenzontle evoca también una tradición poética más amplia, que viene desde “el pájaro de las cuatrocientas voces”, cantado en el mundo prehispánico. 

Entre ambas referencias, la autora se embarca en un viaje que la lleva a buscar una voz, que atraviesa el tiempo y conecta a dos poetas zacatecanos, para establecer un diálogo entre ellos. Sin embargo, la poesía misma es resultado de un sinfín de voces y cantos, tal y como el cenzontle. Pero la poesía deja ecos y nuevas voces que se materializan en la crítica literaria, quehacer valioso que sostiene y perpetúa la conversación en torno a la poesía, dándole otras perspectivas y directrices. 

La presentación de este libro, además, resulta significativa en este momento, pues hace apenas unos días se conmemoró un aniversario más del nacimiento de López Velarde, el 15 de junio, y el 19 de junio el de su fallecimiento. A poco más de cien años de su muerte, la obra del poeta jerezano continúa suscitando nuevas lecturas y diálogos, y como muestra de ello está el libro de Magdalena, que también constituye un trabajo de rescate de la obra de Roberto Cabral del Hoyo. 

Más que simplemente establecer una serie de correspondencias entre dos autores, Magda, con la sensibilidad que la caracteriza, establece un diálogo entre poesía y crítica literaria, pero también nos aproxima a espacios de nuestra cotidianidad desde la palabra y la imaginación. Hay una invitación latente a leer y releer a López Velarde y Cabral del Hoyo, a repensar la poesía y el concepto de literatura regional, así como volver la mirada hacia aquellos espacios que, trastocados por la poesía, adquieren nuevos matices y valores antes insospechados.