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Un luchador sin tacha

Jaime Santoyo Castro

¿Qué significa para la sociedad la labor de un Obispo?

La respuesta va mucho más allá de la conducción espiritual de una comunidad religiosa. Un Obispo es, desde luego, un pastor de almas, pero también puede ser un orientador de conciencias, un sembrador de esperanza, un promotor de la paz y, sobre todo, un ser humano comprometido con las necesidades, las angustias y las aspiraciones de la sociedad a la que sirve.

Nuestro Obispo de la Diócesis de Zacatecas, Monseñor Sigifredo Noriega Barceló, cumplió el pasado 7 de octubre cincuenta años de haberse ordenado sacerdote, y su júbilo lo compartió no solamente con su grey católica, sino con una gran parte de los zacatecanos que reconocemos en él a un hombre cuya vida ha estado dedicada al servicio de los demás.

Porque más allá de las creencias religiosas que cada quien profese, está el reconocimiento a la trayectoria de un hombre íntegro, congruente con sus principios, que llegó a nuestra entidad hace catorce años y que, desde entonces, ha hecho de su ministerio una tarea permanente de acercamiento, comprensión y solidaridad con la comunidad.

Lo hemos visto recorrer pueblos y comunidades, escuchar a la gente, compartir sus alegrías y acompañarla en sus momentos de tristeza. Lo hemos visto impartir el bautismo a nuestros niños, bendecir matrimonios, acompañar a las jovencitas en sus quince años, escuchar confesiones, visitar enfermos, consolar a quienes han perdido a un ser querido y llevar palabras de aliento a quienes sienten que la adversidad les ha cerrado los caminos.

Pero su labor no se ha limitado a los altares ni a los recintos religiosos. Ha trascendido los muros de los templos para hacerse presente en la vida cotidiana de los zacatecanos, particularmente en aquellos momentos en que nuestra sociedad ha necesitado una voz serena, prudente y comprometida con la dignidad humana.

Y eso tiene un valor extraordinario.

Porque vivimos tiempos difíciles, marcados por la inseguridad, la violencia, la desintegración familiar, las desigualdades sociales y la pérdida de valores que durante generaciones dieron cohesión a nuestras comunidades. En medio de esas circunstancias, la palabra de un guía espiritual que llama a la concordia, al respeto, a la solidaridad y a la reconciliación adquiere una dimensión que rebasa cualquier credo religioso.

Monseñor Noriega Barceló ha sabido ejercer ese liderazgo sin estridencias, sin protagonismos innecesarios y sin renunciar a la responsabilidad de expresar sus preocupaciones frente a los problemas que lastiman a nuestra sociedad.

Su autoridad moral no proviene solamente de la investidura episcopal, sino de la congruencia entre lo que predica y lo que hace; de su trato sencillo, de su disposición para escuchar y de su capacidad para encontrar, aun en las circunstancias más adversas, motivos para mantener viva la esperanza.

Cincuenta años de sacerdocio no son solamente una cifra para celebrar. Son medio siglo de entrega, de renuncias personales, de compromisos asumidos y de responsabilidades cumplidas. Son miles de encuentros con personas de todas las condiciones sociales; innumerables historias de dolor y alegría compartidas, y una vida dedicada a sembrar valores que fortalecen la convivencia humana.

Por eso, esta celebración no debe entenderse exclusivamente como un acontecimiento de la Iglesia católica. Es también una oportunidad para que la sociedad zacatecana reconozca públicamente a uno de sus referentes espirituales y humanos, que ha sabido acompañarla con respeto y generosidad.

Y vale la pena reflexionar sobre algo más: nuestra sociedad necesita reconocer a quienes construyen, a quienes unen, a quienes sirven sin esperar recompensas materiales y a quienes dedican su existencia a procurar el bienestar de los demás.

Con demasiada frecuencia dedicamos nuestros espacios de opinión a señalar errores, denunciar abusos y lamentar las conductas de quienes incumplen sus responsabilidades. Y está bien que así sea. Pero también debemos encontrar tiempo y espacio para reconocer a quienes, con su ejemplo, nos recuerdan que todavía existen razones para confiar en la nobleza del ser humano.

Monseñor Sigifredo Noriega Barceló merece ese reconocimiento.

A sus cincuenta años de vida sacerdotal se suma el afecto que ha sabido cultivar entre los zacatecanos, creyentes y no creyentes, porque el respeto, la honestidad, la solidaridad y el servicio son virtudes que no tienen exclusividad religiosa.

Un buen pastor no solamente guía a quienes comparten su fe; también deja huella en la sociedad en la que vive.

Por eso, hoy quiero sumarme a quienes expresan su reconocimiento y gratitud a Monseñor Sigifredo Noriega Barceló por su entrega, por su sencillez, por su compromiso con Zacatecas y por haber hecho de su vocación una auténtica misión de servicio.

Que estos cincuenta años sean motivo de satisfacción por el camino recorrido y de renovada fortaleza para continuar su ministerio.

¡Felicidades, señor Obispo! Zacatecas tiene mucho que agradecerle. Porque una vida dedicada a servir a los demás es, sin duda, una vida que merece celebrarse.