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Prevenir el suicidio también significa aprender a mirar

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Hablar de prevención del suicidio suele ser relativamente sencillo cuando lo hacemos desde la distancia. Podemos repetir cifras, colocar teléfonos de ayuda, publicar infografías y compartir frases durante el mes de septiembre. Podemos decir que debemos cuidar nuestra salud mental, que pedir ayuda está bien y que siempre hay una salida. Todo eso tiene un lugar dentro de la prevención, pero existe una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué estamos haciendo el resto del año para construir una sociedad en la que una persona pueda hablar de su sufrimiento antes de llegar al límite? Porque si nuestra única respuesta aparece cuando alguien ya está en crisis, quizá no estamos previniendo; simplemente estamos intentando contener las consecuencias de un problema que comenzó mucho antes.

El suicidio no puede comprenderse únicamente como un acontecimiento aislado. Detrás de una crisis suicida existe una persona y, detrás de esa persona, existe una historia. Hay pérdidas, conflictos, experiencias de violencia, sentimientos de rechazo, enfermedades, dificultades económicas, relaciones deterioradas, soledad, desesperanza y muchas otras circunstancias que pueden interactuar entre sí. No existe una sola causa ni una explicación universal. Pretender encontrar una razón sencilla para una conducta tan compleja puede resultar tranquilizador para quien observa desde afuera, pero puede ser profundamente injusto para quien la está viviendo. La prevención exige precisamente lo contrario: abandonar las explicaciones fáciles y comenzar a mirar la complejidad.

Durante mucho tiempo hemos tenido una relación incómoda con la muerte por suicidio. La hemos rodeado de silencio, vergüenza y juicios morales. Todavía existen personas que consideran que hablar del tema es irresponsable, que preguntar directamente puede provocar la conducta o que quien expresa deseos de morir simplemente está buscando llamar la atención. Estas ideas no solamente son equivocadas; también pueden convertirse en obstáculos para que alguien reciba ayuda. Cuando enseñamos a las personas que hablar de sus pensamientos suicidas provocará rechazo, regaños o incomprensión, estamos enseñándoles precisamente a ocultarlos.

Y ocultar el sufrimiento no significa que este desaparezca. En ocasiones solamente significa que aprendemos a esconderlo mejor.

Una de las ideas que más necesitamos desmontar es aquella que supone que una persona con riesgo suicida necesariamente tendrá una apariencia evidente de desesperación. No siempre ocurre así. Una persona puede continuar asistiendo a clases, acudir al trabajo, responder mensajes, convivir con su familia, publicar fotografías e incluso hacer bromas mientras atraviesa una crisis psicológica profunda. La capacidad de funcionar externamente no constituye una prueba de bienestar interno. Hemos confundido demasiadas veces el hecho de que alguien siga cumpliendo con sus responsabilidades con la idea de que necesariamente se encuentra bien.

Por eso prevenir también significa aprender a observar los cambios. No para convertirnos en investigadores de nuestros amigos o familiares, ni para interpretar cada comportamiento como una señal de peligro, sino para desarrollar una sensibilidad distinta frente al sufrimiento. A veces la persona que siempre hablaba deja de hacerlo. A veces comienza a aislarse. A veces abandona actividades que antes disfrutaba. A veces aparecen expresiones de desesperanza, de sentirse una carga o de no encontrar sentido en continuar. Ninguna señal, por sí sola, permite determinar lo que ocurre dentro de alguien, pero los cambios merecen atención, especialmente cuando se acompañan de sufrimiento intenso.

Y aquí aparece otra parte incómoda de la prevención: preguntar.

Todavía existe miedo a preguntar directamente “¿estás pensando en suicidarte?”. Algunas personas creen que pronunciar esas palabras puede introducir una idea que antes no existía. Sin embargo, una pregunta no crea mágicamente una crisis suicida. Lo que sí puede hacer una pregunta es abrir una puerta. Puede permitir que alguien diga por primera vez aquello que llevaba días, semanas o meses pensando. Puede transformar una experiencia privada y aterradora en una conversación compartida. Y, en determinadas circunstancias, esa conversación puede ser el primer paso para conectar a la persona con la ayuda que necesita.

Pero preguntar no significa interrogar. Significa escuchar.

Escuchar es probablemente una de las habilidades más subestimadas dentro de la prevención. Tenemos una enorme necesidad de responder inmediatamente al sufrimiento de los demás. Cuando alguien nos cuenta que está mal, queremos decirle que todo estará bien, que hay personas que lo quieren, que debe pensar en sus hijos, en sus padres, en su futuro o en todo aquello que tiene. Lo hacemos porque queremos ayudar, pero muchas veces terminamos intentando sacar a la persona de su dolor antes de haber comprendido por qué está ahí.

Hay una diferencia importante entre acompañar a alguien y convencerlo de que no debería sentirse como se siente. Decirle a una persona “tienes muchas cosas buenas en tu vida” puede ser cierto y, al mismo tiempo, completamente insuficiente. El sufrimiento psicológico no siempre desaparece cuando enumeramos las razones por las que alguien debería sentirse bien. Una persona puede reconocer racionalmente que existen cosas valiosas en su vida y aun así experimentar un dolor que, en determinado momento, le resulte insoportable. Reconocer esa contradicción no significa justificar una conducta suicida; significa comprender que las emociones humanas no funcionan como una ecuación en la que basta sumar aspectos positivos para eliminar el sufrimiento.

Por eso la prevención necesita menos discursos y más capacidad para tolerar conversaciones difíciles. Necesitamos aprender a permanecer frente al dolor ajeno sin apresurarnos a corregirlo. A veces acompañar significa simplemente decir: “No sé exactamente qué decirte, pero quiero escucharte”. Significa no minimizar, no ridiculizar y no convertir la conversación en un juicio. Y cuando existe riesgo, también significa buscar ayuda profesional y no asumir que una persona puede resolver sola una crisis de esa magnitud.

Porque tampoco debemos caer en el extremo contrario: creer que la familia, la pareja o los amigos tienen que convertirse en terapeutas. No es responsabilidad de una sola persona salvar a alguien. Una red de apoyo puede ser fundamental, pero una red de apoyo no sustituye necesariamente la atención especializada. La prevención requiere comunidad, pero también requiere servicios de salud mental accesibles, profesionales capacitados, protocolos adecuados y una sociedad que deje de considerar la atención psicológica como un recurso reservado únicamente para quienes “ya están muy mal”.

También debemos cuestionar la manera en que hablamos de quienes han sobrevivido a una crisis suicida. Con frecuencia los observamos desde dos posiciones igualmente reduccionistas: como personas completamente vulnerables que debemos proteger permanentemente o como personas que “ya superaron el problema”. Ninguna de las dos miradas resulta suficiente. Sobrevivir a una crisis no significa que la persona haya encontrado automáticamente todas las respuestas ni que nunca volverá a experimentar sufrimiento. La recuperación puede ser irregular, puede contener retrocesos y puede requerir acompañamiento durante mucho tiempo. Hablar de prevención también significa hablar de continuidad en la atención y no únicamente de intervención durante la emergencia.

Y quizá aquí se encuentra uno de nuestros mayores problemas: hemos construido una cultura que reacciona con intensidad ante las crisis, pero que presta poca atención al sufrimiento cotidiano que las precede.

Nos preocupamos cuando alguien intenta morir, pero no siempre cuando lleva meses diciendo que no puede más. Nos alarmamos cuando una persona desaparece, pero quizá ignoramos durante años su aislamiento. Nos preguntamos por qué alguien llegó a ese punto, pero rara vez nos preguntamos cuántas veces intentó comunicar que estaba sufriendo antes de llegar allí. Es más cómodo pensar que una tragedia apareció de repente que aceptar que, en ocasiones, existieron pequeñas señales que nadie supo interpretar o que simplemente nadie quiso escuchar.

Esto no significa que cada suicidio pueda prevenirse si alguien hubiera prestado suficiente atención. Esa sería otra forma de simplificar un fenómeno complejo y de colocar una culpa injusta sobre familiares, amigos o profesionales. No tenemos control absoluto sobre las decisiones de otra persona ni podemos garantizar que una intervención determinada impedirá una muerte. La prevención no consiste en prometer imposibles. Consiste en aumentar las posibilidades de que una persona encuentre ayuda, alternativas y acompañamiento antes de que la crisis se vuelva irreversible.

También necesitamos dejar de utilizar la culpa como herramienta preventiva. Decirle a una persona que piense en el sufrimiento que provocaría a su familia puede parecer un argumento poderoso, pero el miedo, la culpa y la vergüenza difícilmente constituyen una estrategia adecuada para construir bienestar psicológico. Una persona en crisis no necesita convertirse en prisionera de la culpa para decidir continuar viviendo. Necesita recuperar, poco a poco, la posibilidad de imaginar que su situación puede cambiar y que existen alternativas que quizá en ese momento no puede ver.

Esto último es fundamental: una crisis puede estrechar radicalmente la percepción de las posibilidades disponibles. Cuando el sufrimiento se vuelve intenso, el futuro puede comenzar a sentirse cerrado. El problema deja de ser únicamente lo que está ocurriendo en el presente y aparece la convicción de que continuará ocurriendo indefinidamente. Por eso la prevención también consiste en ayudar a ampliar nuevamente el horizonte. No necesariamente prometiendo que todo será perfecto, sino demostrando que el estado actual no tiene por qué representar para siempre toda la vida de una persona.

Y para hacer eso necesitamos abandonar una idea particularmente peligrosa: que pedir ayuda es una muestra de debilidad.

Una persona puede ser inteligente, responsable, independiente, exitosa y funcional y aun así necesitar ayuda psicológica. Puede haber resistido durante años y llegar a un punto en el que simplemente ya no pueda hacerlo de la misma manera. Pedir ayuda no invalida todo lo que ha soportado. No convierte a alguien en menos fuerte. Al contrario, puede representar el reconocimiento de que continuar enfrentando un problema de la misma forma ya no está funcionando.

La prevención del suicidio, entonces, no debería limitarse a evitar que alguien muera. También debería preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo para quienes están intentando vivir. Porque no basta con decir que queremos conservar la vida si, al mismo tiempo, hacemos que hablar del sufrimiento sea vergonzoso, que acudir a un psicólogo sea motivo de burla, que expresar desesperanza sea interpretado como dramatismo y que las personas tengan que llegar a una crisis para que finalmente consideremos legítimo su dolor.

Prevenir significa intervenir antes de que la persona llegue al límite. Significa hablar de salud mental cuando nadie está en emergencia. Significa enseñar a nuestros hijos que pueden hablar de lo que sienten sin ser ridiculizados. Significa que en las escuelas y centros de trabajo existan espacios donde la salud psicológica sea tomada en serio. Significa que las familias aprendan a conversar sin convertir cada problema en un sermón. Significa que los profesionales de la salud estén preparados para identificar y atender el riesgo. Significa, también, que como sociedad dejemos de mirar el suicidio únicamente desde la tragedia y comencemos a mirarlo desde la prevención.

Porque detrás de cada crisis suicida hay algo que no debemos olvidar: estamos hablando de una persona, no de una estadística. Una persona con una historia que no puede resumirse en el momento más doloroso de su vida.

Quizá por eso la prevención comienza mucho antes de septiembre. Comienza cuando preguntamos cómo está alguien y realmente estamos dispuestos a escuchar la respuesta. Comienza cuando dejamos de utilizar “estoy bien” como una respuesta automática y nos permitimos preguntar una segunda vez. Comienza cuando entendemos que algunas conversaciones serán incómodas y que precisamente por eso son necesarias.

No podemos garantizar que una conversación salvará una vida. Pero sí podemos garantizar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente humano: que cuando alguien decida hablar de su dolor, encuentre al otro lado a una persona dispuesta a escuchar.

Y quizá ahí, en ese pequeño espacio entre el silencio y la palabra, comienza realmente la prevención.