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¿Por qué la sociedad culpa a las víctimas?

Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Desafortunadamente, no resulta poco común escuchar comentarios en los cuales se advierte, de manera implícita, cierta culpabilización hacia las víctimas de delito. Existen, además, algunos delitos que parecen suscitar una mayor criminalización social que otros. Esto se observa con claridad en expresiones como:
¿Qué hacía vestida así?, ¿qué andaba haciendo a altas horas de la noche?, ¿para qué iba a ese lugar?, sabe con quién andaría…, sabe en qué andaría…


Comentarios que, sobra decir, no solo no contribuyen a paliar ni aliviar la situación de las víctimas, sino que, por el contrario, la agravan. De por sí, el hecho de ser víctima de un delito representa una carga mental —y en muchos casos física— considerable; si a ello se le suma la criminalización mediante juicios acusatorios, se genera un daño emocional adicional al ya provocado por el propio evento traumático.


Este fenómeno se hace particularmente visible en casos de agresiones sexuales contra mujeres y en la desaparición de personas. En estos sucesos, los comentarios antes mencionados no se hacen esperar. Pero si estos no ayudan y, además, perjudican, ¿por qué continúan reproduciéndose?


Todo acontecimiento que genera estrés, ansiedad, miedo o pánico activa en el organismo una respuesta automática conocida como respuesta de lucha o huida. Sin embargo, en la actualidad ya no se habla únicamente de estas dos reacciones, sino de cuatro respuestas ante el miedo: lucha, huida, parálisis y adulación.


No obstante, me gustaría proponer una quinta respuesta ante el miedo: la justificación.


El conocimiento de casos de desaparición o de agresiones sexuales representa, sin duda, una fuente de miedo y estrés para quienes se enteran de estos acontecimientos. Es precisamente en este punto donde emerge la respuesta de justificación.

Las personas que emiten comentarios culpabilizantes trasladan parte de la responsabilidad a las víctimas con el objetivo inconsciente de sentirse “a salvo” frente a estos hechos.


Dado que se trata de situaciones que escapan a su control —no pueden garantizar que no les sucedan—, buscan elementos que les otorguen una ilusión de control, depositándolos en la conducta de la víctima. De este modo, se construye la idea de que, si se “cuida” la vestimenta, los horarios, los lugares o las personas con las que se convive, entonces un hecho de tal gravedad no puede ocurrir. Así, la justificación opera como una falsa sensación de control, y es este mecanismo el que, en gran medida, sostiene los discursos de culpabilización.


Sin embargo, aunque esta respuesta pueda surgir como una reacción automática ante el miedo, no debería perpetuarse. Reconocer que existen situaciones que escapan a nuestro control resulta profundamente angustiante, pero también es un paso necesario y más saludable. Solo a partir de esta aceptación es posible desmontar la criminalización de las víctimas y dejar de recurrir a esta quinta respuesta ante el miedo.