¿Para qué quieren el poder?
Jaime Santoyo Castro
Ya sé lo que dicen todos los que aspiran a un cargo de elección popular. Lo hemos escuchado tantas veces que casi podríamos repetir sus discursos de memoria: que lucharán por las mejores causas del pueblo; que su prioridad serán los pobres, los enfermos, los desempleados, los jóvenes que buscan oportunidades de desarrollo, los adultos mayores que merecen una vejez digna, los campesinos, los obreros y las amas de casa que todos los días hacen verdaderos milagros para que el dinero alcance para las necesidades de la familia.
Prometen agua, medicinas, seguridad, educación, vivienda, empleo y bienestar. Prometen escuchar al pueblo, caminar a su lado y no olvidarse jamás de quienes les dieron su confianza.
¡Qué maravilla sería que todo eso se cumpliera!
Pero hay una pregunta que pocas veces hacemos y que, a mi juicio, debería ser la primera que responda cualquier aspirante: ¿Cuál es su verdadero propósito al buscar el poder?
Lo pregunto porque generaciones y generaciones de presidentes de la República, gobernadores, senadores, diputados, presidentes municipales, síndicos y regidores han ofrecido prácticamente lo mismo. Cambian los nombres, los partidos, los colores y los eslóganes, pero las promesas se parecen tanto que parecieran escritas por el mismo autor.
Y, sin embargo, los problemas persisten.
No significa que nada haya mejorado. Sería injusto desconocer los avances alcanzados en distintas épocas. Pero también sería equivocado ignorar que millones de mexicanos siguen enfrentando carencias. La medición oficial del INEGI correspondiente a 2024 registró 38.5 millones de personas en situación de pobreza multidimensional, aun después de una reducción importante respecto de 2022.
Ahí están las familias que no encuentran oportunidades suficientes, los enfermos que esperan atención, los jóvenes que abandonan sus estudios por falta de recursos y las comunidades que siguen reclamando servicios elementales.
Entonces, ¿dónde quedaron aquellas promesas? ¿Qué sucedió con los grandes propósitos que justificaron tantas campañas y tantos discursos?
Tal vez una parte de la respuesta se encuentre en la diferencia que existe entre querer llegar al poder y saber qué hacer con él.
Porque una cosa es desear un cargo público y otra muy distinta tener la preparación, la voluntad, la sensibilidad y la capacidad para ejercerlo en beneficio de la sociedad.
El poder puede representar la oportunidad de transformar realidades, corregir injusticias y construir condiciones para que las personas vivan mejor. Pero también puede convertirse en una aspiración personal, en una forma de adquirir prestigio, influencia, privilegios o permanencia dentro de la vida política.
No podemos conocer las verdaderas intenciones de cada aspirante. Lo que sí podemos hacer es exigir que sus propósitos se traduzcan en compromisos concretos y que, una vez alcanzado el cargo, sus resultados puedan ser examinados por la sociedad.
El servicio público no debería medirse por la intensidad de las promesas, sino por la responsabilidad con que se cumplen las obligaciones.
Y aquí surge otra cuestión fundamental: ¿por qué quienes aspiran a gobernar nos hablan tanto de lo que quieren hacer y tan poco de cómo piensan hacerlo?
Todos quieren combatir la pobreza, pero ¿cuál es su proyecto para generar empleos productivos? Todos ofrecen mejorar la salud, pero ¿cómo garantizarán médicos, hospitales y medicamentos? Todos prometen seguridad, pero ¿qué medidas concretas proponen para enfrentar la delincuencia y recuperar la tranquilidad de las familias?
No basta con identificar los problemas que todos conocemos. Para eso no necesitamos candidatos. Necesitamos personas que sepan construir soluciones, explicar sus costos, establecer prioridades y asumir responsabilidades.
También debemos preguntarnos qué ocurre con quienes ya tuvieron una oportunidad de servir y regresan a pedir otra, repitiendo exactamente las mismas promesas.
¿Qué hicieron cuando tuvieron el poder? ¿Qué compromisos cumplieron? ¿Cuáles quedaron pendientes? ¿Qué aprendieron de sus errores y por qué deberíamos esperar resultados diferentes?
La política no puede convertirse en una sucesión interminable de campañas en las que los problemas del pueblo se utilizan como argumentos para obtener cargos y después vuelven a aparecer, intactos, en el siguiente proceso electoral.
Tampoco sería justo desconocer que existen servidores públicos con auténtica vocación, que trabajan con responsabilidad y cuyos esfuerzos producen resultados. Precisamente por respeto a ellos, es indispensable distinguir entre el discurso y la obra, entre la intención declarada y el compromiso demostrado.
El verdadero propósito de quien aspira a gobernar debería poder explicarse sin recurrir a frases hechas, sin prometer lo imposible y sin presentar como generosidad personal aquello que constituye una obligación del Estado.
Porque atender a los enfermos no es un favor. Garantizar educación no es una concesión. Procurar seguridad no es un acto de benevolencia. Administrar correctamente los recursos públicos no merece gratitud especial: es un deber inherente al cargo.
Por eso, cuando escuchemos nuevamente a un aspirante asegurar que luchará por los pobres, los jóvenes, los trabajadores y los adultos mayores, quizá convenga hacerle una pregunta más sencilla, pero mucho más comprometedora:
¿Qué quiere hacer por ellos que no haya podido explicar con hechos, con un proyecto serio y con compromisos verificables?
Y, sobre todo, ¿qué estará dispuesto a sacrificar de sus intereses personales para cumplir con el deber que pretende asumir?
Porque el verdadero propósito de la política no debería ser conquistar el poder para conservarlo, sino ejercerlo temporalmente para servir a quienes lo depositaron en sus manos.
Al final, los cargos terminan, los discursos se olvidan y las campañas pasan a la historia.
Lo que permanece es la huella que cada gobernante deja en la vida de las personas.
Y esa huella, no el tamaño de sus promesas, es la que permite a la sociedad juzgar para qué quiso realmente el poder.