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Panem et circenses

Jaime Santoyo Castro

“Panem et circenses”, pan y circo. La expresión viene de la antigua Roma y ha sobrevivido durante siglos porque describe una tentación permanente del poder: entretener al pueblo para evitar que mire con demasiada atención los problemas que verdaderamente le afectan.

Desde tiempos remotos, algunos gobernantes han descubierto que resulta más fácil provocar una emoción que resolver un problema; organizar un espectáculo que ofrecer resultados; inventar un adversario que reconocer una deficiencia. Y cuando la política entra por ese camino, la estridencia comienza a sustituir a las razones.

No se trata solamente de ofrecer diversión. El “circo” contemporáneo es mucho más sofisticado. Puede consistir en una frase incendiaria, un insulto cuidadosamente calculado, una confrontación pública, una escenografía espectacular, un video preparado para hacerse viral o un episodio diseñado para dominar durante horas las redes sociales y los medios de comunicación.

Donald Trump es quizá uno de los ejemplos más visibles de esta forma de hacer política. Ha convertido la provocación en una herramienta cotidiana de comunicación: sobrenombres para desacreditar adversarios, frases explosivas, mítines concebidos como grandes espectáculos y declaraciones capaces de desplazar cualquier otro asunto de la conversación pública.

Pero no es el único.

Boris Johnson cultivó durante años una imagen deliberadamente informal y excéntrica, comenzando por su inconfundible cabello despeinado. Javier Milei adoptó una estética cercana a la del rockstar y convirtió una motosierra en símbolo de su propuesta para recortar el gasto público. Nayib Bukele comprendió como pocos el enorme poder político de las redes sociales y construyó alrededor de su gobierno una comunicación visual dirigida especialmente a las nuevas generaciones.

Volodymyr Zelensky representa un fenómeno distinto, pero igualmente significativo: transitó literalmente del espectáculo a la política. Antes de convertirse en Presidente de Ucrania fue actor y comediante y, paradójicamente, interpretó en televisión a un ciudadano común que llegaba a la Presidencia de su país.

México, por supuesto, tampoco ha sido ajeno a la política convertida en espectáculo. Aquí también hemos conocido escenografías, frases, ocurrencias, ceremonias, confrontaciones y distractores capaces de ocupar durante días la conversación pública mientras los verdaderos problemas continúan esperando soluciones.

La cuestión no es condenar la comunicación política. Todo gobernante necesita comunicar y todo liderazgo necesita símbolos. El problema aparece cuando gobernar se convierte en representar; cuando importa más la escena que el resultado y cuando el ciudadano deja de ser considerado como una persona capaz de razonar para convertirse simplemente en espectador al que hay que mantener emocionado, indignado o entretenido.

La expresión atribuida a H. L. Mencken resulta provocadora precisamente por eso: “La democracia es el arte de manejar el circo desde la jaula de los monos”.

Y viene a cuento por un reciente episodio protagonizado por el vicepresidente estadounidense J. D. Vance. Durante un acto político, una persona que portaba una bandera mexicana interrumpió su intervención y Vance respondió mandándolo, en términos despectivos, a México, provocando la inmediata aprobación de buena parte de los asistentes.

Más allá de determinar si el incidente fue espontáneo o simplemente aprovechado políticamente, la escena contiene todos los ingredientes del espectáculo contemporáneo: un escenario, un antagonista, una bandera, una frase agresiva, una multitud que responde y, finalmente, un video destinado a multiplicarse en redes sociales.

El problema de fondo no es solamente lo que se dijo. Es preguntarnos por qué semejante escena funciona políticamente.

Funciona porque la política del espectáculo necesita adversarios. Necesita dividir el escenario entre “nosotros” y “ellos”; entre quienes supuestamente pertenecen y quienes amenazan; entre los buenos y los malos. Y pocas cosas producen un aplauso tan fácil como señalar a alguien como responsable de nuestros problemas.

Ahí está precisamente el peligro.

Porque detrás de una bandera mexicana no necesariamente existe un enemigo. Detrás de millones de inmigrantes existen trabajadores, familias, historias personales y seres humanos que contribuyen diariamente a la economía de los Estados Unidos. El debate migratorio puede y debe darse con seriedad, incluso con posiciones firmes y encontradas, pero convertirlo en espectáculo mediante la humillación del otro empobrece cualquier democracia.

Los romanos ofrecían trigo y espectáculos en el Coliseo.

Dos mil años después quizá ya no necesitemos gladiadores.

Tenemos redes sociales, cámaras, frases incendiarias, enemigos instantáneos y millones de espectadores dispuestos a compartirlas.

Cambió el escenario.

El “panem et circenses”, por desgracia, sigue funcionando.