No es ansiedad, es pánico
Por psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Vivimos en una época en la que todo parece llamarse ansiedad. Si alguien está preocupado, tiene ansiedad. Si el corazón se acelera, es ansiedad. Si termina en urgencias convencido de que está sufriendo un infarto y los estudios salen normales, también decimos que fue ansiedad. Sin embargo, no siempre es así. Muchas de esas personas no están experimentando ansiedad; están viviendo un ataque de pánico.
La diferencia no es un simple tecnicismo. Nombrar correctamente un problema es el primer paso para comprenderlo y tratarlo.
La ansiedad es una respuesta natural del organismo. Nos prepara para enfrentar situaciones que percibimos como amenazantes o inciertas. Antes de un examen, una entrevista de trabajo o una cirugía es completamente normal sentir nerviosismo, tensión, preocupación o dificultad para concentrarse. La ansiedad suele construirse poco a poco, anticipando un peligro futuro.
El pánico es otra historia
Un ataque de pánico aparece de forma súbita y alcanza su máxima intensidad en cuestión de minutos. El corazón parece querer salirse del pecho, la respiración se acelera, el cuerpo tiembla, falta el aire, aparece el mareo y muchas personas están convencidas de que van a morir, perder el control o volverse locas. No es raro que el primer episodio termine en una sala de urgencias.
Paradójicamente, el mayor enemigo no son los síntomas, sino la interpretación que hacemos de ellos. Una aceleración normal del corazón se convierte en la supuesta evidencia de un infarto. Un mareo se interpreta como un desmayo inminente. La falta de aire parece confirmar que algo terrible está ocurriendo. Entonces el miedo aumenta, los síntomas también y el círculo se alimenta a sí mismo.
Después del primer episodio comienza un segundo problema, muchas veces más incapacitante que el primero: el miedo al miedo. La persona deja de hacer ejercicio porque teme que su corazón se acelere, evita manejar, rechaza viajar, procura no quedarse sola, carga medicamentos «por si acaso» o identifica dónde está el hospital más cercano cada vez que sale de casa. Estas conductas producen un alivio momentáneo, pero fortalecen la creencia de que realmente existía un peligro.
La consecuencia es que la vida comienza a hacerse cada vez más pequeña. No porque el pánico sea peligroso, sino porque el temor a sentirlo termina dictando cada decisión.
La buena noticia es que el trastorno de pánico es uno de los problemas psicológicos que mejor responde a tratamientos basados en evidencia. Comprender qué está ocurriendo, aprender a relacionarse de otra manera con las sensaciones corporales y abandonar poco a poco las conductas de evitación permite recuperar la libertad que el miedo había secuestrado.
Quizá ha llegado el momento de dejar de llamar «ansiedad» a todo aquello que nos hace sentir mal. Porque cuando confundimos un ataque de pánico con ansiedad, no solo utilizamos una palabra equivocada; también corremos el riesgo de buscar soluciones equivocadas.
Las palabras importan. En salud mental, un nombre puede marcar la diferencia entre seguir huyendo del miedo o comenzar, por fin, a entenderlo y enfrentarlo.