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Mutilación genital femenina: voces y resistencias desde el cine documental

Por Yarahima N. García Carlos

Solo sabía que tenía que decirle al mundo que existia
tortura, una guerra encubierta contra las mujeres

Waris Dirie

Cada 10 de diciembre, desde 1948, se celebra a nivel mundial el Día Internacional de los Derechos Humanos, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el propósito de garantizar que todas las personas puedan desarrollarse de manera íntegra, sin importar su país, cultura o religión.


En esta ocasión me gustaría recomendar dos filmes: el documental Bref (2013), dirigido por Christina Pitouli y producido en colaboración con Médicos del Mundo, así como el cortometraje Mariama, producido por la Unión de Asociaciones Familiares (UNAF) y dirigido por Mabel Lozano, ambos disponibles en YouTube.


Ambas obras abordan la temática de la mutilación genital femenina, una práctica que, aunque está vinculada a la tradición y la cultura en diversas comunidades, constituye una violación grave de los derechos humanos de mujeres, niñas y adolescentes.


Tanto en el documental como en el cortometraje, la narración parte de la experiencia de mujeres que vivieron este ritual; algunas incluso lo anhelaban en su infancia, pero hoy se encuentran en contra de él y trabajan para informar, acompañar y apoyar a otras mujeres que pasaron por la misma situación. Además de compartir su experiencia, explican cómo la fuerza de la tradición y la presión social moldearon sus creencias, y describen su proceso para desvincularse de ellas, enfrentando sentimientos de culpa, discriminación y señalamientos dentro de sus comunidades.


Antes de detallar los filmes,me gustaría aclarar que este escrito no pretende señalar ni culpabilizar a las mujeres que han vivido este ritual desde una mirada moral occidental. Su propósito es presentar sus voces e historias tal como ellas mismas las narran, así como mencionar a diversas activistas que luchan contra esta práctica y defienden los derechos humanos y los derechos de las mujeres.


No se trata de exhibir la mutilación genital femenina desde el morbo o el tabú, sino de visibilizar una realidad a partir de quienes la han vivido en carne propia.


Los derechos humanos, de acuerdo con Sorondo (1988), proponen un ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse. Sorondo menciona tres ejes indispensables: el primero es que los derechos humanos orientan al orden jurídico, es decir, establecen el «deber ser» de una sociedad.


El segundo eje es que los derechos humanos ejercen una función crítica sobre el orden existente; en este punto se refiere a que son un removedor de la opinión pública. La creación o reforma de algún artículo de los derechos nace de la conciencia colectiva acerca de injusticias establecidas en el orden vigente. También visibilizan los condicionamientos políticos, económicos y sociales que impiden su completa realización.


Y el último eje es que proponen una utopía en la sociedad, que en su mayoría, por estos condicionamientos mencionados, no puede ser totalmente alcanzada.


Los derechos humanos son un marco universal y de ahí se desprenden áreas específicas como los derechos de las mujeres y los derechos de las niñas y niños, que serán fundamentales en este tema.


La mutilación genital femenina, según Torres (s.f.), «consiste en la eliminación total o parcial de los genitales femeninos externos u otras lesiones en los mismos órganos por razones culturales o religiosas» (p. 2).


Esta práctica se realiza en 28 países de África y Oriente Medio. Actualmente afecta a 135 millones de mujeres y cada año son sometidas 2 millones de niñas y adolescentes. La justificación tradicional, cultural y religiosa varía en cada comunidad, grupo o pueblo, pero Torres recopila algunas generalidades: el clítoris puede ser peligroso para el varón o para el bebé si roza su cabeza al nacer; quitarlo mejora la fertilidad; «son feos» y constantemente están relacionados con la purificación.


En ambos filmes que recomendé, las historias de vida de las mujeres hacen hincapié en la purificación, ya que narran cómo en su lugar de origen una mujer que no tuviera la circuncisión era considerada sucia e infiel; además, le era más difícil conseguir marido. Por ello relatan que, cuando eran niñas,anhelaban que se les practicara la circuncisión para no ser discriminadas y excluidas de su contexto.


En el documental, las mujeres narran libremente lo que piensan, sienten y creen, y explican cómo informarse médica y jurídicamente acerca de esta práctica les generó un conflicto interno con sus creencias, pero la mayoría llega a la conclusión de que la salud, en todos sus ámbitos, es más importante que cualquier tradición.


Este conflicto cultural es común en las mujeres que han pasado por esta práctica. La activista somalí Waris Dirie expone que de adulta sintió una mezcla de rabia, tristeza y claridad. Dijo que no culpa a su madre, sino a la cadena de tradición que obligaba a las mujeres a repetir lo que creían que era lo correcto. Planteó: «¿Por qué la tradición debe decidir sobre mi cuerpo? ¿Y por qué tengo que aceptarlo en silencio?».


Ayaan Hirsi Ali, otra activista somalí, expone con firmeza su postura de que la tradición no justifica el sufrimiento: los derechos humanos están por encima de cualquier costumbre.


Por otra parte, Nawal El Saadawi dice que la mutilación femenina no tiene justificación religiosa; su raíz es política: controlar a las mujeres.


En resumen, la mutilación genital femenina viola el derecho a la vida; el derecho a la integridad física y mental; el derecho a la salud; el derecho a la autonomía y a decidir sobre el propio cuerpo; el derecho a la igualdad y la no discriminación; el derecho a estar libre de violencia y tortura; así como los derechos de la infancia y los derechos sexuales.


Referencias bibliográficas:
Torres Fernández, M. E. (s.f.). La mutilación genital femenina: un delito culturalmente condicionado. Universidad de Almería.
Sorondo, F. (1988). Los derechos humanos a través de la historia.