Morir no es un cuidado
Médico Antonio Sánchez González
La muy reciente aprobación en Francia de una ley que permite la eutanasia en condiciones más amplias ha encendido un debate que se prolongó por meses en su Asamblea Nacional y que rebasa fronteras. El filósofo Luc Ferry, en un texto publicado en Le Figaro, sostiene que esta legislación representa “una derrota del pensamiento y de la humanidad”.
Su crítica, lejos de ser un asunto exclusivamente francés, interpela directamente a México, donde la discusión sobre el final de la vida se desarrolla en un sistema de salud desigual, claramente insuficiente y subdesarrollado, con cuidados paliativos inexistentes o si acaso exiguos y millones de personas que enfrentan sufrimiento sin acompañamiento.
Comparto la preocupación central de Ferry: legislar sobre la muerte exige una responsabilidad ética que no puede reducirse a la lógica utilitarista del “alivio inmediato”. En Francia, la nueva ley permite solicitar ayuda médica para morir incluso sin estar en fase terminal y en plazos tan breves como tres días. En México, donde la depresión, la pobreza y el abandono de adultos mayores son realidades cotidianas, una legislación similar podría convertirse en una salida desesperada para quienes no encuentran apoyo, más que en una decisión verdaderamente libre.
Ferry identifica varias derrotas que, desde su perspectiva, la ley francesa encarna. La primera es la derrota de la libertad: la depresión severa elimina la capacidad real de elegir, y es ilusorio hablar de autonomía cuando el sufrimiento emocional domina la voluntad. En México, donde el acceso a salud mental es limitado y el estigma persiste, esta advertencia es especialmente pertinente. La libertad no es solo poder decidir, sino contar con las condiciones para hacerlo sin desesperación.
La segunda es la derrota de la igualdad. En Francia, las encuestas muestran que quienes más recurrirían a la eutanasia son los más vulnerables. En México, donde la desigualdad es más profunda, el riesgo sería mayor: la eutanasia podría convertirse en una opción para quienes no tienen acceso a diagnósticos precisos y a tratamientos a tiempo y suficientes, cuidados paliativos, atención psicológica o redes familiares. Sería una ley que, en lugar de proteger a los más frágiles, sería capaz de empujarlos hacia la salida más rápida.
La tercera derrota es la ética médica. Ferry critica que la ley francesa presente la muerte asistida como un “cuidado”, una palabra que en sí misma busca suavizar lo que es, en esencia, la autorización para matar o ayudar a matar. En México, donde los cuidados paliativos están concentrados en grandes ciudades y son completamente inaccesibles para la mayoría, esta confusión sería aún más peligrosa. Antes de hablar de eutanasia, deberíamos garantizar que nadie muera sin diagnóstico, sin tratamiento, sin cuidado o solo. Que nadie muera con dolor evitable.
Morir no es un cuidado. Cuidar, en su sentido más profundo, significa acompañar, aliviar, sostener y preservar la dignidad de quien sufre. Presentar la muerte asistida como “cuidado” confunde proteger la vida con ponerle fin. Cuidar es permanecer, no retirarse; es ofrecer alivio, no acelerar el desenlace. Cuando la muerte se nombra como cuidado, se diluye la responsabilidad ética de acompañar y se normaliza la idea de que la respuesta al sufrimiento es hacer desaparecer a quien sufre. Esa confusión empobrece nuestra comprensión de lo humano y de la compasión.
La cuarta derrota es la fraternidad, un valor que Ferry -francés, él- considera esencial. La ley, dice, envía el mensaje de que quienes sufren son una carga y que “harían mejor en apartarse”. En México, donde el abandono de adultos mayores crece y las familias enfrentan presiones económicas y emocionales que a veces son insoportables, esta idea podría normalizar la renuncia al acompañamiento. La fraternidad no consiste en facilitar la muerte, sino en sostener la vida hasta el final.
Comparto la conclusión de Ferry: la discusión sobre la eutanasia no puede darse sin antes fortalecer los cuidados paliativos, la salud mental y las redes de apoyo. En México, legislar sobre la muerte sin haber resuelto las carencias del sistema de salud y sin haber atendido el sufrimiento sería una forma de institucionalizar el abandono. La verdadera humanidad no está en acelerar el final, sino en garantizar que nadie llegue a él solo, desesperado o sin alivio.
La eutanasia, mal planteada, corre el riesgo de convertirse en una solución para los problemas que el Estado no ha querido resolver. Y eso, en cualquier país, es una derrota moral.