Mabelina y su identidad fragmentada
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Cápsulas literarias
Mabelina es el único personaje femenino de El Café de Nadie (1926), es una chica moderna, soñadora e inquieta, quien guarda similitudes con la idea propuesta en La Señorita Etcétera (1922), quien es al mismo tiempo muchas mujeres. Mabelina experimenta distintas versiones femeninas, lo que la conduce a un dilema existencial. Es ella quien le da movimiento al texto y es quien se transforma, o se deforma.
Hay que señalar que es la única que tiene nombre en este texto, aun así, su identidad es puesta en duda por ella misma. Hay una similitud fonética entre Mabelina y la marca de cosméticos Maybelline, creada en 1915, por Thomas Lyle, quien bautizó así a su empresa por su hermana Mabel, quien tras un accidente en la cocina se quemó las cejas y las pestañas. La marca vendía productos para el rostro, como labial, rímel y lápices para ojos, promocionados mediante llamativas representaciones de mujeres de cabello corto y elegantemente arregladas. Cabe mencionar que, durante las dos primeras décadas del siglo XX, la mujer se vuelve consumidora pero también es vista como objeto de consumo.
Otra referencia está en Santa Mabel, una mártir virgen muy joven, cuyo nombre tiene su origen en el latín amabilis y significa “amable” o “amada”. Quizá haya algo de ambas acepciones, aunque resulta más sencillo vincular a esta chica con la marca, por las descripciones que hay de ella como una joven guapa y bien arreglada, acostumbrada a divertirse: “sus vivaces, sus perversátiles ojos, llenos de los holgorios de las tardes de verano”, “levanta las pieles de su abrigo hasta confundirlas con sus cabellos”, “es usted la compañera ideal en el baile”, “comenzó a elogiar mi manera de vestir.” La chica encuentra en este espacio el sitio perfecto para sus citas, atraída también por la soledad del café.
Para el escritor y crítico Marco Antonio Campos, los cafés eran sitios para la soledad reflexiva, asimismo, encontraba que eran análogos a la vida; en El café literario en Ciudad de México en los siglos XIX y XX (2001), comentó el texto de Arqueles Vela de la siguiente manera:
El Café de Nadie es ante todo una pasmosa historia de amor imposible en un café que es un mundo, y donde no se sabe dónde empiezan las imágenes reales y las imágenes del sueño, dónde el secreto de la ficción y dónde las sombras de lo hipotético.[i]
El tema del amor, o desamor, está latente en el texto y hay cierto aire de erotismo que permea en la atmósfera. Mabelina parece encontrarse en una búsqueda, no es una mujer tradicional, sino que rompe estereotipos y pretende ser libre, quizá por un momento consigue todo esto en el café, pero termina sintiéndose “un sketch de sí misma.”[ii] Mabelina muestra un arco de personaje que evidencia una transformación, el personaje inicial no es el mismo al final del relato, el cambio es significativo.
Se desconoce cuánto tiempo transcurre de principio a fin de la trama, pero se infiere que las escenas ocurren en momentos distintos, porque en cada visita Mabelina va con un acompañante diferente, además hay alusiones a que ella está recordando a todos los hombres con los que ha salido a lo largo de su vida. En el texto acude al café con seis acompañantes, de ninguno se sabe el nombre, pero recuerda a otros que no aparecen directamente, aunque de estos últimos sí están los nombres escritos en una página, algunos incluso se repiten.
La fragmentariedad en la identidad de Mabelina se percibe a partir de que ella lee esa lista y se da cuente de que con cada hombre ha sido una mujer distinta y ha dejado algo de ella en cada uno. La forma en la que están dispuestos todos los nombres recuerda al directorio que hizo Manuel Maples Arce en donde puso a todos aquellos miembros del movimiento. Resulta curioso que en el catálogo de Mabelina también están los integrantes del estridentismo y algunos que tuvieron cierta relación.
Aparecen Germán List Arzubide, poeta estridentista; Carlos Noriega Hope, director de El Universal Ilustrado; David Vela, hermano de Arqueles, entre otros, y al final hay tres etc., lo que indica que la lista continúa, pero también hay un paralelismo otra vez con la Señorita Etcétera, pero en este caso es como si todos esos hombres conformaran múltiples versiones de uno solo:
Mabelina leía y releía esa gran lista y hasta hizo esa salvedad de los cronistas sociales: Y otros que no me fue posible anotarlos, por cómo se iban fugando de la suntuosa noche de fiesta que ha sido mi vida.
Recordando unos, olvidando otros, se esfumaban unos sobre otros, yuxtaponiéndose, formando un nombre impronunciable, indescifrable. El nombre de ese hombre que llegara a ser nadie, de tan ecléctico. El hombre ruso o alemán que fue prolongando el suyo hasta convertirlo en una cadena ecuatorial.
Deletreando las emociones que se quedaran en esa larga lista de comensales que habían asistido a la convivialidad de su vida, iba perdiendo la noción de ella misma.[iii]
Es en este momento en el que Mabelina se encuentra en crisis, empieza a pronunciar su nombre y cada vez le parece más extraño y ajeno a ella, luego lo escribe en la mesa en repetidas ocasiones, “alargando, arrastrando inconscientemente los caracteres, hasta hacerlos ilegibles.”[iv] en este punto de quiebre, hay una disociación entre ella y su nombre, ya no le significa nada.
Si en un principio, el café funcionó como un espacio íntimo que, al mismo tiempo, le permitía desplegar una libertad que afuera no encontraba, llega un momento en el que también ahí se siente desamparada:
Asustada de verse entre el desamparo de los gabinetes desocupados, sola, desechada, engañada, levanta las pieles de su abrigo hasta confundidas con sus cabellos, apretándose, ajustándose toda ella, cerciorándose de que en realidad se recupera, después de haber disuelto sus pensamientos, sus miradas, después de haber anquilosado sus coqueterías en la frialdad de aquel Café que le descubría la noche impenetrable, en la que se cuajaban todas las pesadumbres.[v]
Una vez que Mabelina se queda sola en el café, ya no parece encontrar atractivo el lugar y la singular soledad que ahí se respira; ahora los gabinetes y de todo el sitio sólo le traen recuerdos y toma consciencia de que el mundo que se ha forjado en el interior del café no le basta, debe buscar algo más y tomar una decisión, diluirse con sus recuerdos en la mesa del gabinete o salir de ahí dispuesta a recrearse, redescubrirse en los fragmentos de ella que aún conserva:
Relujando sus miradas, se asomaba a cada momento por entre las cortinas del gabinete en espera de su última aventura. La que iba a rehacer o a destruir su vida.
-Hay que gastar, que despilfarrar la vida -se decía- para defraudar a la muerte. Para malversarle sus propósitos. Que nos encuentre exhaustos, muertos, inútiles, inservibles. Que no se lleve de nosotros sino los residuos, lo que no pudimos utilizar, por inutilizable, por desechable.[vi]
El instante en el que Mabelina permanece en el gabinete, en crisis, dudando y reflexionando, también recuerda lo que ha sido de su vida hasta momento, en especial la parte amorosa. Respecto a este momento, la investigadora Beatriz González Stephan en “El café de nadie y la narrativa del estridentismo” propone que “todo transcurre en un abrir y cerrar de ojos. El pasado se hace de golpe presente, pero al mismo tiempo, al ser recuerdo actualizado, se sumerge en la irrealidad que caracteriza todo el ambiente.”[vii] Es posible que la fragmentación y la simultaneidad de las imágenes sean elementos que respondan a los recuerdos de Mabelina, de ahí que todo el relato tenga esa atmósfera de ensueño, incluso fantasmagoría:
La duración de la acción en el plano objetivo no se extiende más que un par de minutos, y transcurre al amanecer, hora en que la vida nocturna del Café finaliza: Mabelina entra; desea recuperar algo de su pasado; éste se deshace en los recuerdos, en los múltiples encuentros amorosos que han desleído y atomizado su vida; desdibujada, sale del café.[viii]
El principio vanguardista de lo efímero está presente en todo el texto, mismo que es breve, no hay nada en lo que se perciba una certeza. Las visitas y amores de Mabelina son fugaces, el mesero nunca es el mismo, sino que cambia en cada instante, el mismo café no tiene un dueño fijo, cada día es uno distinto. Quizá, a manera de contrapunto, los únicos que continúan en el mismo rincón son los parroquianos, incluso siguen ahí cuando la chica abandona el lugar:
Al atravesar los pasillos del Café laberinteados de silencio, volvió sus ojos hacia todas las remembranzas con un gesto de haber dejado arrinconado algo de sí misma en los rincones ensombrecidos, murientes, y de ir a recuperarlo.
La única luz que seguía sosteniendo la vida del Café era la del reservado que ocuparan sistemáticamente los dos parroquianos. Al divisarla, Mabelina se queda un momento indecisa. Después, rectificándose, empuja la puerta del Café hacia el alba que va levantando el panorama de la ciudad.”[ix]
Si Mabelina está recordando, entonces todo lo que sucede en el relato está mostrado a través del filtro de la mente y perspectiva de ella, quien evoca sin un orden algunos fragmentos de lo que ha sido su vida entre las paredes y los gabinetes del café, en donde le parece que hay algo de ella misma que pretende recuperar. En este espacio cerrado están contenidos muchos de los aspectos de la modernidad que Arqueles Vela cuestiona, como la ansiedad y la constante incertidumbre.
Cada una de las partes del relato adquiere un sentido simbólico, pero no siguen en lo absoluto el paradigma de la narrativa tradicional, en donde cada elemento embona perfectamente con el resto para dar una idea de totalidad. Para Vela, hay otras formas de construir historias, más acordes con su contexto. En este sentido, Beatriz González expresa que en diez pequeños apartados se expone el sentido absurdo y mecánico de la modernidad, lo cual está en coherencia con la misma estructura del texto:
Se ha roto el esquema de una historia bien contada. El orden que guardan las partes entre sí se fundamenta en el sistema de asociaciones que establece la subjetividad de un narrador impersonal, que, a manera de una cámara, tiene la capacidad de entregar en un contrapunto los planos objetivo – la atmósfera del Café, el movimiento de sus clientes, la atención de los meseros – y subjetivo – la agitada vida sentimental de Mabelina, única figura que aparece en una dimensión humanizada – de un espacio cerrado en el que se va condensando un sentido simbólico de la existencia.[x]
El mundo que representa Arqueles Vela en El Café de Nadie, que no es sino un fragmento de la realidad, es difuso en todo momento y al mismo tiempo permite caer en cuenta de que también los personajes lo son, se mantienen dispersos, están desestructurados y mecanizados. Este café es como una caricatura en donde se pone de manifiesto el absurdo del mundo contemporáneo, apabullado por la tecnología y lo urbano, con una atmósfera de irrealidad que se disocia del exterior.
No obstante, más allá de los juegos de representaciones y la crítica a la modernidad, El café de nadie es además un complejo entramado poético, en el que las palabras están articuladas, aunque a simple vista no lo parezca, como si fueran una especie de engranaje que funciona de manera perfecta. En el texto todo es inverosímil, pero de qué otra forma podría ser, cómo representar el absurdo si no es con el absurdo mismo. El relato desarticula el imaginario tradicional de lo que eran los cafés, pero también desestructura las nociones de la narrativa tradicional, con tendencias realistas, y propone nuevas formas de lectura.
Citando a Elissa Rashkin, hay una correspondencia entre la identidad de Mabelina y el café, que es un repositorio de identidades fragmentadas, así como un reflejo de la modernidad enajenante, cuyo progreso en realidad es sospechoso:
La precaria identidad de Mabelina se enfatiza con la descripción que Vela hace del Café de Nadie. […] Esta atmósfera revela la fragilidad de la existencia de Mabelina. […] Así el café es el refugio y el repositorio de identidades fragmentadas por una modernidad enajenante.[xi]
Esta enajenación es uno de los aspectos que atraviesa a Mabelina, para quien el amor es como un objeto de consumo y, al mismo tiempo, ella lo es también para los personajes masculinos, es por eso que no encuentra la libertad que busca. Luego de ser tantos fragmentos de mujeres distintas, llega el momento en el que ella también se siente nadie: “después de ser todas las mujeres ya no era nadie.”[xii] Cuando intenta conectar con la realidad, ésta parece cada vez más lejana e inalcanzable, finalmente, se decide a abandonar el lugar, dejando fragmentos de ella mismo en los gabinetes.
[i] Campos, Marco Antonio, El café literario en Ciudad de México en los siglos XIX y XX, citado en Escalante, Evodio, Elevación y caída del estridentismo, p. 89.
[ii] Vela, Arqueles, Café de Nadie., p. 68.
[iii] Idem, pp. 67-68.
[iv] Idem, p. 70.
[v] Idem, p. 53.
[vi] Idem, p. 70.
[vii] González Stephan, Beatriz, “El café de nadie y la narrativa del estridentismo”, p. 54.
[viii] Idem, p. 55.
[ix] Idem, pp. 71-72.
[x] Idem, p. 54.
[xi] Rashkin, Elissa, La aventura estridentista, pp. 293-294.
[xii] Vela, Arqueles, Op. Cit., p. 68.