Los libros que esperan
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Hace un par de días, me obsequiaron un libro de poesía. Al llegar a casa, lo puse sobre la mesa de trabajo, pero no me parecía el lugar más adecuado, ya que, aunque quería leerlo, sabía que no iba a hacerlo de inmediato. No obstante, acomodarlo en el librero tampoco me parecía conveniente, puesto que, de hacerlo, pensaba que su espera se prolongaría más de lo previsto.
Finalmente, decidí situarlo en la canasta de otra mesita, que sirve más bien de decoración, para tener presente la idea de que sería mi próxima lectura. Así, el libro se quedó en esa especie de zona liminal, no en el espacio que ocupaban los pendientes cotidianos que piden urgencia, tampoco en el sitio de los libros leídos, que esperan una relectura, ni entre los libros que llevan ahí años sin ser siquiera leídos al menos una vez.
Ver el poemario en la canastilla me hizo pensar en cómo la llegada de un libro nuevo a la biblioteca personal representa todo un acontecimiento, desde tomar la decisión del espacio que va a ocupar entre los otros libros; si se leerá de inmediato, dentro de poco, esperará durante años o, tal vez, no se leerá nunca. Acaso sea este último el más triste destino para un libro, sin embargo, sucede.
Algunos de estos libros llegan a la biblioteca personal de manera imprevista, sin haber sido buscados del todo, no obstante, se instalan a manera de promesa o como una posibilidad latente, que no exige un cumplimiento inmediato. Y permanecen ahí, en silencio, esperando que se les dé su oportunidad, la cual a veces se posterga indefinidamente.
Umberto Eco se refería a estos libros con el concepto de “antibiblioteca”, todos los no leídos, pero lejos de representar una carencia, para Eco funcionan como el horizonte de lo que todavía se desconoce, lo que queda por leer. ¿Qué tendrá mayor peso simbólico, lo ya leído o lo que aún alberga esa posibilidad?
Estos volúmenes pendientes se muestran nobles, con la conciencia de que el conocimiento no se agota, que siempre serán más los libros no leídos que los leídos. Hay una forma de humildad en ellos, participan de una singular paciencia.
Recuerdo que hace varios años, un amigo me preguntó si había leído El gran Gatsby, a lo que respondí que no y, de manera inesperada me felicitó. Según dijo “me reservaba aún uno de los mayores placeres”.
Italo Calvino, en Por qué leer los clásicos, afirma que los libros que nos serán decisivos esperan y que su lectura acontece en el momento adecuado de la vida. Así que no hay que sentir culpa o deuda frente a lo no leído, pues leer no debería reducirse a un mero acto de consumo.
Por cierto, el libro de poesía que aguarda en la canastilla se titula Cuadernos del camino, un título bello que me sugiere que tanto la lectura como la escritura, e incluso la vida misma, son formas de andar y que ninguna de ellas demanda prisa, pero sí requieren de una mirada atenta.