La psicología detrás de un caso que conmocionó a Zacatecas
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Hay casos que no solo conmocionan por la gravedad de los hechos, sino porque desafían todo aquello que creemos saber sobre la infancia.
El reciente caso ocurrido en Zacatecas es uno de ellos.
Cuando escuchamos que un adolescente de apenas 13 años es investigado por la presunta comisión de un delito de extrema violencia, la reacción inmediata suele ser preguntarnos: ¿cómo pudo hacerlo? Sin embargo, desde la psicología, esa quizá no sea la primera pregunta que deberíamos formular.
La pregunta es otra: ¿qué procesos psicológicos, familiares, sociales y del desarrollo permitieron que una conducta de esta magnitud llegara a ocurrir?
Existe una idea muy arraigada de que la infancia es sinónimo de inocencia. Y, aunque la gran mayoría de niñas, niños y adolescentes nunca ejercerán este tipo de violencia, también es cierto que la edad, por sí sola, no inmuniza contra la agresión.
La violencia no aparece de manera espontánea. Es una conducta que se construye a través de múltiples factores que interactúan entre sí: experiencias tempranas, aprendizaje social, regulación emocional, modelos de crianza, exposición a la violencia, desarrollo de la empatía y otros elementos que la psicología lleva décadas estudiando.
Comprender estos factores no significa justificar la conducta.
La psicología no busca absolver a quien causa daño. Su función es distinta: explicar aquello que el castigo, por sí solo, nunca podrá responder.
¿Por qué un adolescente desarrolla una conducta de extrema violencia mientras miles de jóvenes de su misma edad no lo hacen?
Responder esa pregunta es indispensable si realmente queremos prevenir que vuelva a ocurrir.
En los próximos días seguramente escucharemos discusiones sobre sanciones, responsabilidad penal y posibles reformas legales. Son debates legítimos. Pero existe otro que rara vez ocupa los titulares: ¿qué estamos dejando de detectar antes de que aparezca la violencia?
Con frecuencia imaginamos que estos hechos ocurren sin previo aviso. La realidad suele ser más compleja. En muchos casos existen antecedentes de problemas conductuales, dificultades en la regulación emocional, ambientes familiares violentos, exposición a conductas agresivas o necesidades psicológicas que nunca fueron atendidas. Ninguno de estos factores explica por sí solo un delito, pero ignorarlos significa renunciar a la prevención.
La sociedad suele mirar a estos adolescentes únicamente cuando ya existe una víctima. Como psicólogos, nuestro reto comienza mucho antes.
Quizá la mayor enseñanza que deja este caso es que la prevención no empieza en los tribunales. Empieza en la familia, en la escuela, en la comunidad y en la capacidad que tengamos para identificar oportunamente las señales de riesgo.
Porque si solo reaccionamos cuando ocurre una tragedia, llegamos demasiado tarde.