La necesidad de lo bello en Los Miserables (Libro I)
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Cápsulas literarias
En el primer libro de Los Miserables (1862), de Victor Hugo, el obispo Myriel muestra una sensibilidad particular hacia su entorno y, en una escena en el jardín, expresa que “lo bello vale tanto como lo útil”, cuando le sugieren quitar unas flores para usar el espacio y agregar más plantas que proporcionen alimento.
Cuando se evoca esta novela clásica, lo primero que acude a la mente es la pobreza, la injusticia social, las desventuras de Fantina o de Jean Valjean, la pequeña Cosette bajo el yugo de los señores Thénardier, pero las páginas de este primer libro, titulado “Fantina”, guardan una reflexión sutil en torno a la necesidad de la belleza.
Si bien, lo útil permite la supervivencia, lo bello deviene agente transformador. La belleza entendida no en un sentido cerrado y convencional, sino como aquello que trastoca, sacude y conmueve. No es casualidad que quien hace esta reflexión es, precisamente, el personaje que transforma de manera positiva la vida de Jean Valjean.
Ante la literatura, la sensibilidad y la vida misma, la utilidad inmediata no es suficiente, en tanto que hay algo que la excede. ¿Cómo expresar para qué sirve leer novelas, escribir poesía, contemplar un paisaje que se nos desborda, permitirse experimentar toda la gama de emociones que atraviesan la vida humana?
En las páginas de este primer libro de Los Miserables, más allá de la tristeza y la compasión que pueden generar en el lector, hay una dimensión que acentúa la sensibilidad como una forma de habitar el mundo, conmoverse ante las cosas que suelen pasar desapercibidas y reconocer la dignidad en todas las formas de vida.