La hipotermia emocional
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
La hipotermia emocional es un concepto que propongo para describir un fenómeno clínico que, aunque frecuente, suele interpretarse de forma superficial: el aislamiento en la depresión no solo es un síntoma, sino un proceso que agrava activamente el problema que intenta resolver.
Para entenderlo, vale la pena partir de una analogía fisiológica. En los casos de hipotermia severa, existe un fenómeno conocido como “desnudo paradójico”: cuando el cuerpo ha perdido demasiado calor, algunas personas comienzan a quitarse la ropa. Desde fuera parece completamente irracional —¿por qué alguien que se está congelando haría algo que lo expone aún más al frío?— pero desde dentro, la experiencia es distinta.
Se produce una sensación subjetiva de calor debido a la desregulación del sistema, lo que lleva a una conducta que no solo no ayuda, sino que acelera el deterioro.Algo similar ocurre en la depresión con el aislamiento social.
La persona comienza a retraerse. Deja de responder mensajes, evita encuentros, posterga llamadas, reduce su exposición al otro. A nivel superficial, esto suele interpretarse como falta de interés, apatía o desmotivación. Pero si se observa funcionalmente, el aislamiento cumple una función clara: reducir el malestar inmediato. Evitar la interacción implica evitar el esfuerzo, la evaluación social, la posibilidad de no sentirse suficiente, el desgaste emocional que conlleva sostener una presencia frente a otros cuando internamente no se tienen recursos.
Es decir, el aislamiento “alivia”.Pero ese alivio es el problema.Porque al igual que en el desnudo paradójico, la conducta está guiada por una percepción alterada del estado interno. La persona no se aísla porque eso la vaya a hacer sentir mejor a largo plazo, sino porque momentáneamente disminuye el malestar. Sin embargo, en términos más amplios, lo que hace es exponerse aún más a aquello que la está deteriorando.
Menos contacto implica menos regulación emocional interpersonal.Menos regulación implica mayor intensidad del malestar.
Mayor malestar implica mayor necesidad de aislamiento.Se forma así un círculo que no es pasivo, sino activamente autoperpetuante.
La hipotermia emocional, entonces, no describe simplemente que la persona “se sienta sola”, sino que está entrando en un proceso donde las conductas que adopta para protegerse terminan intensificando la condición de base. El aislamiento deja de ser una consecuencia de la depresión para convertirse en un mecanismo que la profundiza.
Aquí aparece un punto clínicamente relevante: muchas intervenciones fallan porque intentan atacar el aislamiento desde la lógica de la voluntad o la motivación. “Sal más”, “convive”, “no te encierres”. Pero esto ignora que la conducta tiene una función. No es irracional en su origen; es eficaz en el corto plazo. Y precisamente por eso se mantiene.
Si no se entiende qué está evitando la persona al aislarse, cualquier intento de romper la conducta se va a vivir como una exposición directa al malestar que estaba tratando de regular. Es como pedirle a alguien en hipotermia que se quite las manos de donde aún conserva algo de calor, sin ofrecerle una fuente alternativa.
Además, en muchos casos, el aislamiento no solo regula emociones, sino identidad. La persona no solo evita el contacto porque le cuesta, sino porque en ese estado comienza a construirse una narrativa sobre sí misma: “no tengo nada que aportar”, “no soy interesante”, “me van a notar mal”. El aislamiento protege de la posibilidad de confirma esas creencias, pero al mismo tiempo impide desmentirlas.
Y aquí la conducta vuelve a cerrarse sobre sí misma.
Desde esta perspectiva, la intervención no puede limitarse a aumentar la exposición social sin más. Implica, primero, hacer visible la función del aislamiento: ¿qué está evitando?, ¿qué malestar reduce?, ¿qué creencias protege? Después, introducir formas de contacto que no sobrepasen la capacidad actual de regulación de la persona, rompiendo gradualmente la asociación entre interacción y amenaza.
No se trata de obligar a la persona a “salir”, sino de ofrecerle condiciones en las que el contacto deje de vivirse como un riesgo.
La potencia del concepto de hipotermia emocional está en que permite dejar de moralizar el aislamiento. No es flojera, no es desinterés, no es simple apatía. Es una estrategia que, como el desnudo paradójico, tiene sentido dentro de un sistema que ya está desregulado, pero que termina acelerando el deterioro.
Y quizá lo más importante: así como en la hipotermia física la persona no percibe con claridad el peligro en el que se encuentra, en la hipotermia emocional ocurre algo similar. Desde dentro, el aislamiento no siempre se siente como un problema urgente, sino como una solución necesaria. Por eso, intervenir implica algo más que cambiar conductas. Implica ayudar a la persona a reconocer que aquello que le está dando alivio inmediato puede estar, al mismo tiempo, profundizando su malestar.
Porque no todo lo que calma… cura.
Y en algunos casos, como en la hipotermia emocional, lo que parece proteger es justamente lo que termina hundiendo más.