La eutanasia: decidir la salida del sufrimiento que no se eligió
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
El caso de Noelia no es fácil de digerir porque rompe con una de las ideas más arraigadas que tenemos: que la vida, por sí misma, siempre debe sostenerse. Y cuando alguien decide lo contrario —de forma consciente, argumentada, acompañada— lo que se tambalea no es solo la decisión, sino todo el sistema de creencias que la rodea.
Hay algo profundamente incómodo en aceptar que el sufrimiento puede alcanzar un punto en el que ya no se quiere seguir. No porque falte fortaleza, no porque “no le haya echado ganas”, sino porque la experiencia subjetiva de vivir se vuelve inviable para quien la habita. Y eso es difícil de entender desde fuera, porque solemos interpretar el dolor ajeno con nuestros propios umbrales, con nuestras propias narrativas de resistencia.
Pero tampoco es un tema que deba simplificarse en términos de “libertad individual” y ya. Porque cuando alguien llega a ese punto, la pregunta no solo es si tiene sentido esa decisión o no, sino qué pasó antes y por qué, para esa persona, esa alternativa empezó a hacer sentido. Qué tanto se intentó. Qué tanto se acompañó. Qué tanto el entorno estuvo a la altura. O incluso, qué tanto fue ese mismo entorno el que la fue empujando hacia esa posibilidad.
La eutanasia, en ese sentido, no solo habla de autonomía; también puede evidenciar los límites —o las fallas— del entorno.
Y aquí hay algo que incomoda todavía más: es muy fácil juzgar a Noelia. Pero, ¿a alguien le ha interesado con la misma intensidad saber si quienes la dañaron han recibido alguna consecuencia? Porque resulta muy conveniente cuestionar su decisión, pero no detenerse a pensar que ella no eligió pasar por aquello que la atormentaba. En ese sentido, su margen de decisión ya estaba profundamente condicionado. Porque, seamos honestos, ¿quién elegiría sufrir a tal punto de preferir dejar de vivir?
Y ahí es donde entra otro punto fundamental: quien decide terminar con su vida —sea del modo que sea—, en realidad está intentando terminar con el sufrimiento. Simplemente, en algún momento, valoró que ya no le quedaban más opciones.
En este punto me parece que se criminaliza a quien está siendo la víctima (algo —desafortunadamente— muy común en México), pues es ella quien está recibiendo duras críticas pese a ya de por sí estar pasando un infierno.
Como sociedad, nos cuesta sostener el sufrimiento ajeno. Nos desespera, nos confronta, nos rebasa. Acompañamos desde la prisa por “arreglar”, desde el optimismo forzado, desde frases que buscan aliviar pero que terminan invalidando. Y cuando nada de eso funciona, aparece el silencio… o la distancia.
También hay algo que rara vez se dice: respetar una decisión así no necesariamente significa entenderla por completo. Se puede no compartir, puede doler profundamente, y aun así reconocer la complejidad de la experiencia del otro. Porque reducirlo a “estaba mal” o “era lo mejor” es, otra vez, simplificar algo que claramente no lo es.
El caso de Noelia confronta directamente nuestra idea de ayuda. Nos obliga a preguntarnos si ayudar siempre es prolongar, si cuidar siempre es intervenir, si acompañar siempre implica evitar la muerte a toda costa. Y no hay respuestas universales ahí.
Quizá lo más honesto —y lo más difícil— es aceptar que hay sufrimientos que no alcanzamos a dimensionar, decisiones que no encajan en categorías cómodas y realidades que nos obligan a salir del juicio rápido.
Porque, en el fondo, este tipo de casos no solo hablan de quien decide morir. Hablan de todos nosotros y de los límites que tenemos para comprender, sostener y acompañar la vida… incluso cuando alguien ya no quiere seguir en ella.
Con esto no estoy justificando a la eutanasia o cualquier otra forma de término de vida como la mejor opción, pero si nos detenemos a pensar y a empatizar un poco, para muchas personas termina siendo la última alternativa. ¿Podemos juzgar a alguien que quiere terminar con su sufrimiento? Difícilmente. Quizá la postura más responsable en estos casos sea intentar comprender, dirigir el juicio hacia los verdaderos responsables, empatizar con la víctima y tratar de entender sus razones, incluso cuando no se compartan.