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La ciudad filmada: entre el imaginario colectivo y la ética del realizador

Por Yarahima N. García Carlos

A propósito del objetivo de esta columna, que se basa en explorar que el cine va más allá del entretenimiento. Para esta ocasión, me gustaría poner sobre la mesa la compleja relación entre el cine y la ciudad. Dos factores importantes, que considero que ayudan a construir y representar imaginarios e identidades.

En la mayoría de las películas los planos donde aparece un pedazo de la urbe están bien pensados. Cada calle, edificio o encuadre responde a una intención específica por parte de quienes construyen la narrativa: directores y productores. No hay fondo inocente.

Es decir, ningún plano de fondo está ahí solo para decoración, se tiene un propósito y es ahí donde entra esta relación de cine y ciudad, de cómo la ciudad construye memoria, significados y afectos y el cine los confirma o bien los reconfigura de acuerdo a su principal propósito.

Películas como Roma (2018), Chicuarotes (2019) y Güeros (2014) evidencian que el espacio urbano no es un simple escenario, sino una presencia que moldea emociones y define el rumbo de quienes la habitan. La ciudad puede ser refugio, pero también puede ser caos, violencia o soledad.

Cuando se filma la ciudad no solamente se trata de una copia de la realidad, sino que nos regresa imágenes llenas de sentidos, significados y lenguajes. El cine manifiesta los imaginarios colectivos y también ayuda a construirlos.

Pero, para ello es importante observar cuidadosamente las películas y cuestionarnos: ¿cómo nos narramos y representamos? ¿Quiénes narran? ¿Desde dónde nos narran? Sin duda alguna, la perspectiva de un productor extranjero que no ha vivido en México será muy diferente de la de uno local o que ha pasado varios años en este país.

Un ejemplo de ello es la tan criticada película Emilia Pérez (2024), dirigida por Jacques Audiard, donde intenta abordar el narcotráfico en México desde un musical. En este filme parece que el director tomó elementos clichés de lo que «es México» y los fue añadiendo para narrar su historia. En algunas entrevistas confirmó que no estudió el país para realizarla, lo que causó aún más polémica en redes sociales.

Esto no significa que necesariamente tengas que ser de un lugar para producir una película ahí o que trate de dicho lugar, pero cabe destacar que los clichés mexicanos en esta película no fueron lo grave, pues en otras producciones se utilizan elementos similares de lo que se piensa en otro lado que es ser mexicano, para objetivos de comedia, crítica, etc.

La gravedad en este filme fue que la narrativa era sobre un tema sumamente delicado en nuestro país, que se abordó con cero empatía, insensibilidad, y redujo dicha problemática a un musical. La desaparición forzada en México ha ido aumentando, pero no se trata solo de números, sino de historias dolorosas que viven las familias de los desaparecidos; el dolor por sus familiares, la revictimización de la sociedad, la impunidad en el país y la inacción de las autoridades hacen más desgarrador cada caso.

Frente a esto vale la pena preguntarse: ¿qué implica realmente filmar una ciudad? Filmar no es solamente registrar. Cada decisión estética, encuadre, duración de los planos, sonidos y movimientos de cámara construyen una forma particular de habitar lo urbano desde la pantalla. Y esto también implica responsabilidad, ética y sensibilidad.

Por último, me gustaría agregar que, en el caso de nuestro país, donde las ciudades están atravesadas por desigualdades, violencias y la memoria, representar una ciudad no solamente se trata de estética, sino que también se exige una responsabilidad.