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La bendición de Clío

Por Amparo Berumen

Trasladando su pluma al futuro, la escritora española Irene Gracia cuenta que un niño llamado Opmeit, al jugar en los acantilados de una playa en Grecia, cayó por una hendidura hasta una gruta secreta donde encontró un cofre y unos pliegos que contaban la historia de Etra.

Tras exhaustivas verificaciones de autenticidad, antropólogos y arqueólogos determinaron que los escritos databan del siglo VI a.C., e hicieron pública una de las leyendas de la mitología griega hasta entonces desconocida, donde se cuenta que las nueve musas, enamoradas del hermoso Etra, le halagaban con cantos, bailes y recitaciones, mientras Apolo enloquecía de celos.


Si bien el fantasioso Etra las “colmaba completamente”, las bellas querían gozar de sus favores a toda hora y a la misma hora. Dicho intrincamiento las obligó a determinar que fuera él quien las eligiera, iniciando así la competición entre las nueve musas, quienes le obsequiarían con un don, “con su don”. De Etra dependería hacer uso de él, y cada musa sabría cuándo era ella la dueña de los deliquios del amor. “Euterpe le concedió el don de la música, Talía el de la comedia, Melpómene el de la tragedia, Terpsícore el de la danza, Erato el de la poesía amatoria, Polimnia el del canto, Urania el de la astronomía y Calíope el de la poesía épica, convirtiendo a Etra en la encarnación viva del Arte”.


Cuando agudizaba la rivalidad entre las musas, aparece Apolo maldiciendo al inocente Etra: “Todo lo que toques lo convertirás en arte, cierto, pero ningún mortal lo sabrá apreciar”. Sabedoras de lo ocurrido a Casandra, las nueve musas se condolieron de Etra, pero Clío, la que encumbra, que había observado todo en silencio, trata de restituir el hechizo diciendo: “Sí, pero el tiempo, que escribe la historia, y que es quien tiene la última palabra, te hará justicia revelando el valor de tu arte”.


Páginas irrefutables cuentan que el arte verdadero está escrito con lágrimas y con sangre. Al verdadero artista lo retrata la historia viviendo en la ignominia, en la incomprensión, por adelantarse a su época al traspasar los límites de lo impalpable. El poeta seguirá construyendo la bella palabra con su pluma; bajo la suave blancura de su atavío, la danzarina girará en el centro del escenario y sus pensamientos girarán; el músico imitará el silbo de los pájaros y como las olas del mar, sus notas se repetirán sin cansancio; en rasgos acordes de color y forma, el pintor labrará “sensaciones” sabiendo que su obra tiene una fuerza auténtica…


Tomando café con un amigo artista, me decía en tono grave que su obra acrecentará su valor cuando haya muerto. Socarrona, traduje una reflexión de Irene Gracia, en la que celebra que los muertos no desplieguen poder sobre los vivos, poniendo de ejemplo a los coleccionistas de van Gogh que no han de tener pesadillas en las que sean perseguidos por girasoles andantes bajo un firmamento saturado de luceros flamígeros. O a los lectores de Edgar Allan Poe que podrán leer plácidamente sin sufrir de chiflos aturdidores… Bueno sería que los fantasmas de los creadores postergados acosaran a aquellos que no saben reconocer a sus contemporáneos…


Oscar Wilde decía: “El artista es en realidad hijo de su siglo, pero el presente no será para él ni un ápice más real que el pasado… El poeta es un espectador de todos los tiempos y de todas las existencias… Y es así como sucede que aquel que parece más alejado de su tiempo es quien mejor lo refleja porque ha despojado a la existencia de cuanto es accidental y transitorio, deshaciéndose de esa nube de familiaridad que oscurece la vida”.


Que no demore más el día en que alabemos a nuestros creadores locales por su talento y no por ganar su simpatía. Que no demore más el día en que sus textos habiten por derecho las estanterías de nuestras casas; en que sus lienzos den testimonio de nuestras raíces en la oficina del funcionario público, del político, del empresario; en que los consorcios transnacionales, algunos instalados hace ya décadas en nuestra zona, den cuenta de una vez por todas del grave déficit cultural y ecológico… Que no demore más el día en que la historia, que es quien tiene la última palabra, haga justicia a nuestros creadores revelando el valor de su arte.

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