La banalización de la violencia
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
En los tiempos actuales, la violencia ya no ocupa únicamente las primeras planas; también llena las siguientes, y las siguientes. Desafortunadamente, en cualquiera de sus formas, se ha convertido en una realidad ante la cual —equivocadamente— nos hemos ido acostumbrando.
Parte de esta habituación proviene de su repetición constante, pero también de su carácter escalonado. La violencia no suele irrumpir de manera abrupta; comienza con manifestaciones que parecen menores y, progresivamente, escala en intensidad o frecuencia. Así se genera un efecto de normalización paulatina: dejamos de percibirla como lo que realmente es. Terminamos banalizándola, normalizándola o incluso romantizándola.
Sin embargo, es fundamental resistir cualquiera de estas tres respuestas. Frente a la violencia, existe una estrategia aparentemente simple pero profundamente poderosa: nombrarla. Llamarla por su nombre. Violencia.
Nombrarla implica señalarla. Y señalarla impide que se diluya en la costumbre o en el discurso que la justifica. Nombrarla es un acto ético.
Porque no es síntoma de sanidad estar bien adaptado a una sociedad enferma.