La banalización de la tristeza
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Vivimos en una época extraña: nunca se ha hablado tanto de emociones y, al mismo tiempo, nunca se les ha tratado con tanta ligereza. La tristeza —una de las experiencias humanas más antiguas y universales— ha sido reducida a un problema que debe corregirse rápido, casi con vergüenza, como si sentirla fuera un error de carácter o una falla personal.
Hoy la tristeza se tolera poco. Se le permite existir, pero solo por un momento breve, casi protocolario. Después de eso, se espera que uno “le eche ganas”, que “piense positivo”, que se distraiga, que agradezca, que compare su dolor con el de otros y lo minimice. Como si el sufrimiento tuviera una fecha de caducidad social.
Esta banalización no surge de la nada. Está sostenida por una cultura que idolatra la productividad, la felicidad constante y la apariencia de bienestar. Una cultura donde estar bien no es un estado interno, sino una imagen que debe proyectarse. En ese contexto, la tristeza estorba. No es rentable. No luce bien. No genera likes.
Así, hemos aprendido a disfrazarla. La llamamos estrés, cansancio, apatía, mal humor. O peor aún: la patologizamos de inmediato. No porque siempre sea un trastorno, sino porque nos incomoda su simple presencia. Nos cuesta aceptar que alguien pueda estar triste sin una explicación clara, sin una solución inmediata, sin un plan de acción.
Pero la tristeza no es el enemigo. No siempre es señal de enfermedad. Muchas veces es una respuesta sana ante la pérdida, la decepción, el cambio o la conciencia de la propia vulnerabilidad. Es una emoción que invita a detenerse, a revisar, a elaborar. Quitarle ese espacio es arrebatarle su función.
El problema no es que busquemos alivio —eso es profundamente humano—, sino que no sepamos acompañar el dolor, ni propio ni ajeno. Que no sepamos quedarnos. Que confundamos contención con corrección. Que pensemos que escuchar es lo mismo que dar consejos.
Banalizar la tristeza también tiene consecuencias clínicas y sociales. Personas que no se permiten sentirla terminan acumulándola. Emociones no vividas no desaparecen: se transforman. A veces en irritabilidad, a veces en ansiedad, a veces en vacío. Otras veces, en un malestar persistente que ya no sabemos nombrar.
Quizá habría que empezar por algo sencillo y, a la vez, radical: devolverle dignidad a la tristeza. Reconocer que no todo dolor necesita ser resuelto de inmediato. Que no todo malestar exige una sonrisa como respuesta. Que acompañar no siempre es animar, sino validar.
En una sociedad obsesionada con estar bien, permitirnos estar tristes —y permitir que otros lo estén— es casi un acto de resistencia. No para quedarnos ahí, sino para atravesarlo con honestidad. Porque solo lo que se reconoce puede transformarse.
Y porque, aunque incomode aceptarlo, la tristeza también nos humaniza.