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La Antigua Ocultadora

Por Amparo Berumen



                                                            La pintura de Frida Kahlo 
                                                     es un listón ciñendo una bomba.
André Breton

Quizá recuerde usted que en dos mil cuatro, con motivo del cincuenta aniversario de la muerte de Frida Kahlo, su sobrina y familiar única, Isolda P. Kahlo, presentó en la Ciudad de México el libro Frida íntima (obra que narra sus vivencias en la Casa Azul al lado de la artista), e introdujo al mercado también en esa fecha, la línea de ropa y joyería con el nombre de Frida Kahlo, hecho censurado por Elena Poniatowska quien, en el mismísimo evento de presentación señaló tajante: “de un objeto de culto, Frida pasa a ser mercancía. Un arte que después de cincuenta años se degrada a materia de consumo con su logotipo para vender pashminas”. 

En una entrevista telefónica, Raquel Tibol dijo que la firma comercial nada tenía que ver con la obra ni con la personalidad de la artista, afirmando que habían aprovechado la expectación internacional que levantó el cincuenta aniversario de su muerte, “para montarse en el cadáver de Frida y explotar su nombre”.

Cubierta de mito y leyenda, a un siglo de su nacimiento la antigua Ocultadora – como le llamó su marido–sigue fascinando por sus imprecisiones y su personalidad alegre e ingeniosa, dispuesta “a todo género de relajo”. Mundo íntimo de vida alternativa bebiendo y fumando, cantando y malhablado siempre independiente y creativa, siempre sorprendida y desencantada, siempre imaginativa y dolorida… 

En el tranvía, Frida compañera habitual de José Clemente Orozco. En la preparatoria, Frida compañera de Renato Leduc que en el papel esbozó estos recuerdos: “Era una muchachita verdaderamente deliciosa, muy inteligente y también muy traviesa. Me acuerdo que en ese entonces le daba por andar en bicicleta, así es que iba a las agencias, alquilaba uno de aquellos vehículos y luego desaparecía hasta que el dueño del changarro la localizaba y la remetía a la comisaría”.

Luego de ser invitada a exponer en la Galería Julien Levy de Nueva York, especializada en arte surrealista, la pintora apenas famosa en ese tiempo, escribe a su entrañable Alejandro Gómez Arias: “Todo se arregló a las mil maravillas y realmente me cargo una suerte lépera. La manada de aquí me tiene gran cantidad de cariño y son todos de un amable elevado. El prefacio de A. Breton no quiso Levy traducirlo…” 

Y justo de ese largo prefacio, he aquí un fragmento memorable: “El despacho de Trotsky está adornado con uno de los retratos de Frida Kahlo de Rivera que figura en esta exposición. Con un vestido de alas doradas de mariposa es como ella entreabre en realidad la cortina mental. No es dado presenciar, como en los mejores tiempos del romanticismo alemán, la entrada de una joven mujer dueña de todos los dones de seducción de quien está acostumbrado a moverse entre los hombres de genio. Cabe entonces esperar que su espíritu sea un lugar geométrico: en él hallarán su resolución vital una serie de conflictos de índole comparable a los que, en su momento, afectaron a Bettina Brentano o a Carolina Schlegel. Frida Kahlo de Rivera se encuentra maravillosamente ubicada en ese punto de intersección de la línea política (filosófica) y de la línea artística, a partir del cual anhelamos que ambas se unifiquen en una misma conciencia revolucionaria sin que por ello deban confundirse los móviles de esencia diferente que las recorren. Tomando en cuenta que, en este caso tal resolución es buscada en el plano plástico, la contribución de Frida Kahlo de Rivera al arte de nuestra época está destinada a asumir, entre las diversas tendencias pictóricas nacientes, un valor determinante muy especial”. 

El nombre de Frida Kahlo, la adoradora de los mercados y los juguetes artesanales, de los telares prehispánicos y los collares, de las mesas mexicanas y nuestras fiestas nacionales, se conmemora entretejido al de otros célebres interminables de llamar: Carlos Pellicer, Tina Modotti, León Trotsky… figuras esenciales intrincadamente apresadas en un insinuante anillo álbico que en torno a su antigua Ocultadora, delineó el genial Diego Rivera…

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