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Jane Eyre: el deseo como una forma de habitar el mundo

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

En 1847, Charlotte Brontë publicó Jane Eyre, bajo el seudónimo de Currer Bell. Aunque suele leerse como una novela de amor, quizá sea más acertado entenderla como una novela sobre el deseo.

El deseo es la fuerza que impulsa a Jane y la lleva a reinventarse, a través de los libros, el dibujo y la imaginación. Brontë le otorga la voz narrativa a la propia Jane, de modo que el lector se adentra junto con ella en su mundo interior, sus pensamientos, temores y anhelos.

Desde niña, Jane se caracteriza por su gran capacidad de contemplación. Es sensible, atenta a lo que la rodea, pero también cautelosa. La soledad y abandono que ha marcado su infancia la ha vuelto observadora y prudente.

Acompañamos a Jane desde su infancia, cuando vive con su tía política, la señora Sarah Reed, y sus primos, quienes la someten a malos tratos físicos y emocionales. A los diez años es enviada al internado de Lowood, donde estudia durante seis años y trabaja dos más como profesora.

Posteriormente, obtiene un puesto como institutriz en Thornfield Hall, la casa del señor Edward Rochester. Este recorrido vital da cuenta de su formación académica y moral, así como de su constante tránsito entre espacios y etapas que nunca terminan de ser definitivos.

El vínculo que surge entre Rochester y Jane suele considerarse como el eje central de la novela, sin embargo, tiene un peso equivalente a otros aspectos fundamentales de la vida de la protagonista.

Jane ama a Rochester, pero no está dispuesta a ceder ante deseos que impliquen el riesgo de perder su propia identidad. No es una mujer sumisa ni busca un salvador, su anhelo más intenso es la independencia. Es significativo cómo, a pesar de las circunstancias adversas, avanza sin permitir que su “yo” se desdibuje.

Por otra parte, los espacios en la novela cumplen una función simbólica esencial; las habitaciones cerradas, los pasillos, el internado, algunas casas de tránsito, entre otros. Jane habita lugares intermedios, como si estuviera siempre de paso, situada entre umbrales. Lo liminal se convierte para ella una forma de estar en el mundo, nunca del todo en un sitio ni en otro.

Este constante desplazamiento mantiene vivo el deseo, no sólo en un sentido romántico, sino una postura ante la vida. Jane desea comprender, crecer, decidir por sí misma. Incluso los elementos de misterio y horror que atraviesan la novela -la atmósfera gótica de Thornfield y el secreto que se revela de manera trágica- refuerzan esta tensión entre aquello que se oculta y lo que se revela.

Jane Eyre es una novela que conmueve, cuestiona, contempla y desconcierta. Al explorar los recovecos del alma y las contradicciones de la vida, plantea preguntas que siguen vigentes, tal vez por eso su lectura sigue interpelando a los lectores contemporáneos, con temas como amar sin renunciar a uno mismo, desear sin perder la voz propia o habitar el mundo desde los límites.