Golpe de autoridad
Jaime Santoyo Castro
Toda una sorpresa resultó el intempestivo regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa. Pero mayor sorpresa produjo la velocidad con la que tuvo que volver a hacerse a un lado.
El episodio duró apenas unas horas, pero fueron suficientes para exhibir una lucha de poder que trasciende, con mucho, las fronteras de Sinaloa.
Rocha Moya se había separado del cargo el pasado primero de mayo, luego de los graves señalamientos formulados en Estados Unidos sobre presuntos vínculos con el narcotráfico. Acusaciones que no han desaparecido del escenario.
Por eso llamó poderosamente la atención que, después de más de tres meses de ausencia, el gobernador decidiera regresar por su propia cuenta.
No fue un retorno concertado ni acompañado políticamente. Por el contrario, la Secretaría de Gobernación se apresuró a precisar que se trataba de una decisión “exclusivamente de carácter personal”; Morena se deslindó de ella; legisladores de su propio movimiento expresaron su desacuerdo y desde distintos sectores del oficialismo comenzaron a escucharse voces pidiéndole prudencia.
Es decir, Rocha regresó al poder, pero regresó solo.
Y eso es precisamente lo que convierte el episodio en algo mucho más interesante que una simple licencia de gobernador.
Un político con la experiencia de Rubén Rocha Moya conoce perfectamente las entrañas del poder. Sabe que, aunque jurídicamente pudiera existir una vía para reincorporarse al cargo, políticamente una decisión de esa naturaleza, en semejantes circunstancias, requería cuando menos comunicación y entendimiento con el Gobierno Federal y con las principales figuras de su partido.
No lo hizo.
¿Por qué?
Ahí comienza la interpretación política.
Resulta difícil creer que un hombre con tantos años en la política ignorara las consecuencias de su decisión. Más bien parecería que quiso medir fuerzas; comprobar hasta dónde podía llegar y conocer la reacción que provocaría su regreso.
Y la reacción fue inmediata.
Porque una cosa es ejercer las facultades constitucionales de un gobernador y otra muy distinta desafiar el equilibrio político de un país cuando sobre ese gobernador pesan señalamientos internacionales de enorme gravedad y cuando el asunto puede incidir incluso en la relación entre México y Estados Unidos.
Rocha Moya dijo regresar “con la frente limpia y en alto”. Probablemente esperaba que sus compañeros de partido cerraran filas en torno suyo y que su reincorporación terminara convirtiéndose en una especie de reivindicación política.
Ocurrió exactamente lo contrario.
Las distancias se hicieron evidentes. Las expresiones de respaldo no llegaron y el mensaje político proveniente del centro del poder fue suficientemente claro: ningún interés personal puede colocarse por encima del interés del país.
Y entonces vino el desenlace.
Apenas unas 34 horas después de haber retomado la gubernatura, Rocha Moya volvió a solicitar licencia.
La fugacidad de su regreso dice mucho más que cualquier discurso.
La Presidenta Claudia Sheinbaum ha negado haber hablado personalmente con él para pedirle que volviera a separarse del cargo. No hay razón para afirmar lo contrario. Pero en política las órdenes no siempre necesitan pronunciarse y las decisiones no necesariamente se transmiten mediante una llamada telefónica.
Los mensajes públicos, los deslindes partidistas, las declaraciones de legisladores y gobernadores y el aislamiento político pueden resultar mucho más elocuentes.
Rocha Moya quiso regresar.
Regresó.
Y unas horas después volvió a irse.
Por eso, más que una anécdota sinaloense, lo ocurrido puede leerse como una definición de autoridad dentro del propio movimiento gobernante.
¿Qué hizo pensar a Rubén Rocha Moya que podía regresar sin consultar a nadie y permanecer en el cargo pese al evidente rechazo político que provocaría su decisión?
Porque si actuó solo, cometió un grave error de cálculo.
Pero si creyó contar con respaldos suficientes para desafiar al poder formal, entonces sería importante saber de dónde provenía esa seguridad.
Ese es, quizá, el verdadero fondo del episodio.
Rocha Moya regresó diciendo que llevaba la frente en alto. Horas después tuvo que volver a separarse del cargo, políticamente aislado y con las investigaciones en su contra todavía abiertas.
Quiso dar un golpe sobre la mesa.
La respuesta fue un golpe de autoridad.