Ginsberg en tránsito
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
En una ocasión, un amigo abordó el autobús de transporte público 006 y, de repente, vio algo que desentonaba con el espacio. Entre trapos manchados de grasa, papeles desordenados y otros objetos propios del oficio, se entreveía un libro. Kaddish y otros poemas, de Allen Ginsberg, estaba ahí, apoyado sin el menor cuidado.
Acto seguido, le tomó una fotografía, pues la singular escena se le apareció maravillosa y genuina, aún en su aparente contradicción. Con el tiempo, esa imagen se perdió, pero el suceso adquirió una mayor nitidez. La imagen almacenada en la mente funcionaba como una especie de umbral, interrumpía con lo esperado.
Un poeta vinculado con los excesos, la contracultura, la ruptura, aparecía en la cabina de un camionero en medio de su trayecto diario, no en una biblioteca, en un aula o en una librería, espacios más que predecibles. Era un libro en tránsito.
El cruce se tornó profundamente liminal, pues el camión mismo lo es, ya que no es un origen ni un destino en sí mismo, sino una especie de umbral. El conductor pasa gran parte de su tiempo entre un sitio y otro, pero no se instala en ninguno. Asimismo, el libro que acompaña ese trayecto adquiere un sentido más significativo que anecdótico.
El libro, la literatura, más que un objeto de prestigio u ornamento, constituye una compañía. Tendemos a asociar los textos literarios con espacios determinados, rodeados de silencio, en un escritorio, en la mesa de un café, en una estantería perfectamente ordenada, de manera que presenciarlos fuera esos marcos suele producir cierta extrañeza.
Encontrar un libro fuera de su “contexto” (entre comillas porque no debería haber un contexto específico) y que cause extrañeza revela en gran medida las expectativas culturales del objeto mismo. Hallarlo en los sitios más inesperados dice mucho de la potencia de las palabras, de los relatos, de la poesía, y acaso adquiera una mayor belleza.
El extravío de la fotografía refuerza la condición de la experiencia como espacio liminal, porque pese a que la escena no puede mostrarse, sí puede contarse y nuevamente aparece el tránsito, el cruce de la impronta, la imagen a la palabra, al relato.
La literatura, y el arte en general, alcanza una mayor potencia en su tránsito, acompañando trayectos inciertos y mezclándose con la vida ordinaria, apareciendo en los sitios más inesperados, no en un territorio fijo, y encontrando un lector cómplice y atento.
Este relato, aunque breve y sencillo, evoca también la novela En el camino, de Jack Kerouac, compañero y amigo de Ginsberg, ambos pertenecientes a la Generación Beat en los años cincuenta, movimiento que en su poética misma invita al tránsito y alberga lo liminal en sí misma.