Navegar / buscar

Eros y Psique

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Psique, una joven mortal de gran belleza, despierta la envidia de la diosa Afrodita, quien, a manera de castigo, ordena que se enamore del ser más vil, enmienda que le encarga a su hijo Eros, sin embargo, éste termina flechado por la joven.

Psique es llevada a un palacio invisible, donde vive un amor nocturno y secreto, puesto que no puede ver el rostro de su amante ni preguntarle quién es, ya que se trata del mismo Eros.

Cuando, impulsada por la duda, enciende una lámpara para mirarlo, lo pierde y, a partir de ese momento comienzan las pruebas, impuestas por Afrodita, que la conducirán, tras el dolor y el descenso, a la inmortalidad y a recuperar a su amado.

Este mito es considerado una historia de amor que vence obstáculos, no obstante, es también un relato sobre lo que el amor exige para sostenerse. No es casual que Psique, cuyo nombre significa alma, sea la protagonista, ya que lo que está en juego no es sólo un vínculo amoroso, sino la formación del alma a través del deseo, simbolizado en Eros.

Cuando Psique desobedece y decide ver a Eros no es un acto de traición, en tanto que puede leerse como un acto de conciencia, pues el alma no puede amar aquello que le permanece velado.

El amar sin ver implica obediencia ciega, mientras que amar a consciencia también conlleva ciertos riesgos. En este sentido, la caída de Psique no es un castigo moral, es más bien una consecuencia inevitable de querer saber.
En “El banquete de Platón”, Eros no es un dios pleno, sino un daimon; es decir, hijo de la carencia y del ingenio, siempre en falta, siempre en movimiento, que no posee lo que ama, sino que siempre lo desea.

En este sentido, ese deseo es el motor del pensamiento, de la creación y del ascenso del alma, de tal manera que el amar está más vinculado con una constante búsqueda que con el poseer.

Leído desde este ángulo, el mito se torna más revelador, el encuentro inicial entre Eros y Psique es incompleto porque el alma aún no ha atravesado la experiencia del deseo consciente.

Es sólo cuando Psique pierde a Eros que comienza su verdadera transformación, mediada por las pruebas que enfrenta, separar semillas, descender al inframundo, resistir la apropiación de lo que no le pertenece, no son penitencias, sino ejercicios del alma que implican aprender a distinguir, esperar y aceptar los límites.

Este mito no representa el amor desde una fusión romántica, en el sentido convencional, sino que habla del alma, Psique, en transformación cuando no se siente completa y asume esta falta como un impulso que la hace crecer.

Cuando Psique concluye las pruebas y alcanza la inmortalidad, no lo consigue por haber sido amada, sino por haber atravesado el trabajo del amor. De esta manera, el alma se eleva por la plenitud y el movimiento que dicha falta le provoca.