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Entrampado el acceso a la UNAM por las trampas

Por Jaime Santoyo Castro

Resulta profundamente lamentable lo ocurrido durante el primer proceso de admisión en línea para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México. Lo que debió ser una oportunidad para demostrar conocimientos y premiar el esfuerzo de miles de jóvenes terminó empañado por denuncias sobre vulneración de los sistemas de seguridad, uso indebido de teléfonos celulares, apoyo de herramientas de inteligencia artificial, suplantación de identidad, venta de información y otras prácticas fraudulentas que generaron resultados atípicos y obligaron a la Universidad a anular el proceso.

La decisión de repetir el examen de manera presencial es correcta y necesaria para restablecer la confianza en el mecanismo de selección. Sin embargo, la verdadera preocupación va mucho más allá de un examen de admisión.

La pregunta de fondo es inevitable: si alguien está dispuesto a hacer trampa para ingresar a la universidad, ¿qué impedirá que vuelva a hacerlo durante los años de formación profesional? ¿Qué garantías tendrá la sociedad de que ese futuro médico, abogado, ingeniero, arquitecto, contador o maestro obtuvo realmente los conocimientos que su título acreditará?

El prestigio de la UNAM no nació por decreto. Es el resultado de casi un siglo de historia, de millones de estudiantes que conquistaron su lugar con estudio, disciplina y sacrificio, y de miles de profesores e investigadores que han convertido a la Universidad en uno de los principales referentes académicos de América Latina. Ese prestigio constituye un patrimonio nacional que no puede ponerse en riesgo por la conducta deshonesta de unos cuantos.

Pero el problema tampoco pertenece exclusivamente a la UNAM.

La trampa como forma de obtener ventajas indebidas parece haberse ido infiltrando en distintos espacios de la vida pública y privada. Cuando un joven descubre que es posible avanzar mediante el engaño y no por el mérito, el daño trasciende el aula. Se está formando una cultura en la que el éxito deja de asociarse con el esfuerzo para vincularse con la capacidad de burlar las reglas.

Por ello, este episodio debe convertirse en una llamada de atención para todo el sistema educativo nacional. Las autoridades educativas federales y estatales tendrían que revisar los procedimientos de admisión en las instituciones públicas y privadas del país, fortalecer los mecanismos de autenticación de identidad, modernizar los sistemas de supervisión y establecer protocolos que garanticen procesos transparentes y confiables.

Pero la responsabilidad tampoco termina en las autoridades.

Los padres de familia desempeñan un papel insustituible en la formación ética de sus hijos. Ningún triunfo obtenido mediante el engaño merece celebrarse. La verdadera educación comienza mucho antes de presentar un examen y consiste, precisamente, en comprender que el conocimiento, la honestidad y el trabajo son los únicos caminos legítimos hacia el éxito.

La tecnología seguirá evolucionando. La inteligencia artificial ofrecerá herramientas cada vez más sofisticadas y surgirán nuevas formas de intentar vulnerar los procesos de evaluación. Sin embargo, ninguna innovación tecnológica podrá sustituir los valores que deben acompañar la formación de una persona.

La respuesta de la UNAM resuelve, en buena medida, el problema inmediato al repetir el examen de manera presencial. Pero la pregunta permanece abierta: ¿qué está ocurriendo en las demás universidades del país? ¿Podemos afirmar con certeza que sus procesos están suficientemente protegidos?

Quizá ha llegado el momento de realizar una revisión integral de los mecanismos de admisión en todas las instituciones de educación superior de México, antes de que la excepción se convierta en regla y la deshonestidad termine normalizándose.

Porque el verdadero riesgo no es que unos cuantos jóvenes hayan intentado hacer trampa para ingresar a una universidad. El verdadero peligro sería que toda una generación llegara a creer que el fraude constituye un camino legítimo para alcanzar sus metas.

Si eso ocurriera, el examen perdido no sería el de admisión a la UNAM. Sería el examen de nuestros valores como sociedad.

«Las universidades están para formar profesionistas, pero antes deben preservar algo todavía más valioso: la integridad de quienes algún día tendrán en sus manos la salud, el patrimonio, la libertad y el destino de los demás. Si permitimos que la trampa abra la puerta de las aulas, mañana podría abrir la puerta de los hospitales, los tribunales, las empresas y los gobiernos.» 

Foto: Andrea Murcia / Cuarto Oscuro