El precio de no envejecer: una lectura de «La Sustancia»
Por Yarahima N. García Carlos
Como texto de despedida, me gustaría abordar en esta columna una película que fue la que realmente me motivó para realizar semana a semana dicha columna: La sustancia (2024). Mientras veía esta película, sorprendida me preguntaba cómo una película podría narrar de forma tan específica y en algunos minutos los problemas sociales actuales de la belleza, la juventud, la vejez y la sexualización del cuerpo de la mujer en los medios.
No quise que esta película fuese la primera debido a su contenido explícito y terrorífico. La sustancia (2024), dirigida y escrita por Coralie Fargeat, se estrenó en el Festival Internacional de Cannes el 19 de mayo de 2024. Es un filme que combina elementos de El retrato de Dorian Gray (1890), La Muerte la Siembran (1992), un homenaje a Carrie (1976) y las sesiones de ejercicio de Jane Fonda.
Es difícil clasificarla, ya que puede pertenecer a varios géneros, sobre todo al horror, al horror body y al gore, ya que visualmente es terrorífica, sangrienta y demasiado explícita.
Pero más allá de estas imágenes sobrexageradas, la trama y el trasfondo son interesantes. Esta película sigue a Elizabeth, una mujer que tiene un programa fitness (Demi Moore), quien al cumplir 50 años de edad es despedida por su jefe, pues su imagen ya no vende.
En su desesperación, la protagonista acude al mercado negro de drogas para consumir una «sustancia» que la hará tener la mejor versión de sí misma, más perfecta, más joven y más bella.
Ahí es cuando aparece Sue, que nace de ella. Sue es joven, linda y en la pantalla la presentan como una joven casi sin imperfecciones. Ella suple el trabajo de Elizabeth ganando fama, popularidad, admiración y dinero.
La situación se complica cuando no siguen de manera estricta las instrucciones de la droga, manteniendo un equilibrio, y la protagonista se convierte en una mujer que consagra su cuerpo llevándolo a las máximas consecuencias para sostener la imagen ante el mercado que siempre la ha nutrido.
En la película, el cuerpo es el campo de batalla entre el deseo de permanecer vigente y lo que se percibe como natural, pues la tecnología promete frenar el paso del tiempo, desde medicamentos hasta cirugías, sin importar las consecuencias físicas, mentales y emocionales.
La sustancia cuestiona la mercantilización del cuerpo femenino en una sociedad patriarcal. Existe una discriminación marcada hacia las mujeres y hacia la vejez, una presión social por no envejecer, no engordar y ser perfecta. A través de cremas, medicamentos como los que se han popularizado actualmente (Ozempic y Mounjaro) y cirugías que terminan en pérdidas irreversibles y hasta la muerte.
Este filme no habla únicamente de una mujer que busca recuperar su juventud, sino de una sociedad que ha convertido la belleza en una obligación y el envejecimiento en un fracaso. A través de una historia extrema, perturbadora y visualmente impactante, la película nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar para cumplir con estándares imposibles? Quizá esa sea su mayor virtud, recordarnos que el verdadero horror no está en la ficción, sino en las presiones que día a día ejercemos sobre nuestros propios cuerpos y sobre la forma en que aprendemos a valorar a las personas.
Por último, quiero agradecer a todos aquellos que se dieron el tiempo de leerme. Si alguna película les llamó la atención, o algún escrito de esta columna les pareció interesante, conmovedor o carente, me gustaría que lo hicieran saber a través de: [email protected]. Gracias.