El mundial, la disonancia cognitiva y la realidad de México
Por psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Cada cuatro años el Mundial de fútbol tiene la capacidad de detener, al menos por unos momentos, la rutina de millones de personas. Las calles se llenan de festejo y banderas, las redes sociales se inundan de celebraciones y, cuando la selección obtiene un buen resultado, parece que el país entero comparte una misma emoción. Sin embargo, al mismo tiempo que se escuchan gritos de gol, también existen familias buscando a un ser querido, personas exigiendo justicia por hechos de violencia, comunidades enfrentando inseguridad y ciudadanos preocupados por los problemas económicos y sociales que afectan al país.
Esta coexistencia de emociones aparentemente contradictorias puede comprenderse a través del concepto de disonancia cognitiva, propuesto por el psicólogo Leon Festinger. La disonancia cognitiva describe el malestar que experimentamos cuando mantenemos simultáneamente ideas, creencias o emociones que parecen incompatibles. En este caso, la contradicción parece evidente: ¿cómo puede una sociedad celebrar mientras otra parte de esa misma sociedad vive indignación, dolor o incertidumbre?
La respuesta es que los seres humanos no experimentamos una sola emoción a la vez. Nuestra vida psicológica es mucho más compleja. Podemos sentir alegría por el triunfo de una selección nacional y, al mismo tiempo, tristeza por la situación del país. Podemos emocionarnos durante noventa minutos y, horas después, indignarnos al conocer una noticia sobre violencia, corrupción o desapariciones. Una emoción no cancela necesariamente a la otra.
El deporte, además, cumple una función psicológica importante. Representa un espacio de identidad colectiva, pertenencia y esperanza. Durante un partido desaparecen muchas diferencias sociales, económicas e incluso políticas. Personas con historias completamente distintas comparten el mismo deseo de ver ganar a su país. Ese sentido de comunidad tiene un enorme valor emocional y puede fortalecer el bienestar psicológico, aunque sea de forma temporal.
Sin embargo, la misma fuerza emocional del deporte puede convertirse en un arma de doble filo cuando la celebración sustituye la reflexión. La historia ha mostrado que, en distintas partes del mundo, los grandes eventos deportivos pueden disminuir momentáneamente la atención pública sobre problemas estructurales. No porque exista necesariamente una intención deliberada de distraer a la población, sino porque la mente humana dirige naturalmente su atención hacia aquello que produce emociones intensas y gratificantes.
Aquí es donde aparece una pregunta importante: ¿es incorrecto celebrar mientras el país enfrenta problemas graves? Probablemente no. Pensar que una persona debe vivir permanentemente preocupada también sería una expectativa poco realista y psicológicamente desgastante. Las personas necesitan espacios de alegría, recreación y esperanza para conservar su salud mental.
El verdadero riesgo aparece cuando la emoción del momento se convierte en olvido permanente. Cuando el marcador del partido importa más que las vidas perdidas. Cuando la conversación pública deja de lado las demandas de justicia. Cuando la indignación dura menos que una celebración deportiva. En esos casos, la disonancia cognitiva puede resolverse de una manera poco saludable: ignorando la realidad para reducir el conflicto emocional.
La alternativa más madura consiste en aceptar que ambas realidades pueden coexistir. Se puede celebrar un triunfo deportivo sin dejar de reconocer las dificultades del país. Se puede sentir orgullo por la selección nacional y, al mismo tiempo, exigir instituciones más fuertes, mayor seguridad, mejores oportunidades y justicia para las víctimas.
Una sociedad emocionalmente madura no es aquella que deja de celebrar, sino aquella que aprende a celebrar sin perder la memoria. Que entiende que un gol puede unir a un país durante unos minutos, pero que los problemas nacionales requieren un compromiso que dure mucho más que noventa minutos.