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El miedo en tres cuentos de Mariana Enríquez

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Para la escritora Mariana Enríquez, el miedo surge de lo cotidiano; por eso, en su narrativa, cualquier momento del día a día puede devenir en una situación de profundo temor. No es la irrupción espectacular de un monstruo lo que inquieta, es la transformación de lo familiar en algo extraño.

El miedo aparece cuando lo cercano y conocido se resquebraja, en un punto de no retorno en el que la realidad cotidiana revela una sombra que, acaso, siempre estuvo allí, latente, pero sin ser siquiera sospechada, hasta que sucede algo que actúa como detonante. En los cuentos “La virgen de la Tosquera”, “Fin de curso” y “El desentierro de la angelita”, dicha sombra adopta formas diversas, a pesar de compartir un mismo punto de partida que es, quizá, la vulnerabilidad de lo humano ante un mundo que deja de ser confiable o que, incluso, nunca lo ha sido.

En “La virgen de la Tosquera”, el temor se articula a partir de un espacio peligroso, que empiezan a frecuentar Silvia, Diego y unas chicas más jóvenes que ambos, de las cuales una es la narradora. El cuento está atravesado por el constante deseo, incluso devoción, de todas las chicas hacia Diego, quien se siente atraído por Silvia, hasta llegar a un momento en el que la obsesión y la envidia se tornan decisivas en la trama de la historia, advirtiendo un giro oscuro.

En “Fin de curso”, Mariana desplaza el miedo hacia la experiencia adolescente en el colegio, a partir de un suceso que desajusta la cotidianidad de Marcela y sus compañeros de clase. Marcela es una chica solitaria y casi invisible para el resto, hasta que empieza a verse envuelta en una cadena de sucesos que la colocan en el ojo del huracán, al ser víctima de una especie de visión que se le aparece en el baño, aunque nunca se sabe quién o qué es, sin embargo, controla sus actos sin que nadie sepa a qué se debe su actuar y su miedo. Por último, en “El desentierro de la angelita” lo siniestro surge desde un ángulo distinto, que es la aparición de una bebé -cuyos huesos han sido desenterrados- en estado de putrefacción, junto a la cama de la narradora.

La protagonista, quien ya no logra desembarazarse del acompañamiento de la bebé, transita de un horror inmediato hasta una mezcla de curiosidad, desconcierto y ternura hacia la niña (quien era su tía abuela fallecida a los pocos meses de vida).En estos tres relatos, el miedo no radica tanto en lo excepcional, como en lo conocido, en lo cotidiano que contiene sus propios abismos y sombras, así como la posibilidad de que aquello que conocemos y consideramos un refugio, se transforme y nos observe desde un ángulo distinto, probablemente, muy poco agradable.