El liderazgo se demuestra
Por Jaime Santoyo Castro
El liderazgo es la capacidad de influir, motivar y estimular a los demás para unir voluntades en torno a un propósito y conducirlas hacia una meta común. Un verdadero líder transmite entusiasmo, genera confianza e inspira a poner en juego capacidades, experiencias, estrategias y talentos para alcanzar objetivos colectivos. Y eso, precisamente, es algo que la política tiene mucho que demostrar.
Se aproxima un nuevo proceso electoral en Zacatecas, en el que habrá de renovarse la titularidad del Poder Ejecutivo estatal, el Poder Legislativo y los 58 ayuntamientos. En la antesala de esa competencia, los partidos comienzan a mover sus piezas, crean figuras y coordinaciones, organizan estructuras y hacen aparecer personajes que, bajo distintas denominaciones, sirven también para medir reacciones, posicionar nombres y preparar el terreno rumbo a las futuras candidaturas.
Es entonces cuando aparecen, inevitablemente, dos palabras: unidad y lealtad.
Todos hablan de ellas mientras mantienen viva la esperanza de ser favorecidos por la decisión de su partido. Todos convocan a cerrar filas mientras consideran que la fortuna política puede sonreírles, pero cuando la decisión toma otro rumbo, algunas lealtades comienzan a tambalearse y ciertas proclamas de unidad se desvanecen con sorprendente rapidez.
También aparece una vieja cantaleta: la de quienes aseguran contar con miles de seguidores y advierten que, si no son designados candidatos, toda esa supuesta fuerza política se irá con ellos a otra parte. Se presentan como auténticos adalides de las causas populares y como poseedores de estructuras capaces de inclinar elecciones.
Después, la realidad suele poner las cosas en su lugar.
Ni tenían tanta gente, ni eran tan poderosos, ni quienes decían seguirlos estaban dispuestos a acompañarlos en cualquier aventura política. Y aun cuando algunos tengan cualidades, trayectoria o méritos suficientes para aspirar legítimamente a una candidatura, llega el momento en que las decisiones partidistas los dejan fuera con las conocidas promesas de “a la que sigue” o la negociación para obtener algún otro espacio.
El problema de fondo es otro: buena parte de los llamados liderazgos políticos no nacen de un verdadero reconocimiento social. Con frecuencia se construyen desde arriba, mediante amiguismos, compadrazgos, intereses económicos, compromisos de grupo o acuerdos coyunturales. Son liderazgos que existen mientras existe el cargo, el presupuesto, la candidatura o la protección de quien los impulsó. ¡Sin eso, no existirían!
Podríamos llamarlos, utilizando una expresión muy mexicana, liderazgos huachicoleados: aparentan tener combustible propio, pero en realidad dependen de una toma clandestina del poder.
Afortunadamente, también existen los liderazgos verdaderos.
Son los de quienes saben escuchar antes de hablar, atender antes de prometer, entender antes de juzgar y servir antes de exigir. Los de quienes recorren comunidades y municipios no solamente cuando hay elecciones, sino porque comprenden que cada región tiene vocaciones, capacidades, problemas y oportunidades diferentes.
Zacatecas necesita de su gente, pero también requiere liderazgos fuertes, genuinos e incluyentes. Liderazgos capaces de reunir a quienes piensan diferente y de ir también en busca de aquellos que, por desencanto, indiferencia, enojo o cualquier otra circunstancia, se alejaron o se perdieron en el camino.
Porque unir no significa que todos pensemos igual. Significa encontrar aquello en lo que podemos coincidir.
Y existen muchas razones para hacerlo.
La pobreza, la enfermedad, el desempleo, las deficiencias educativas, la falta de oportunidades de desarrollo, la inseguridad, la corrupción, la impunidad y la desigualdad no distinguen colores partidistas. Son problemas que lastiman a la sociedad entera y frente a los cuales debería construirse un gran frente de voluntades.
La aspiración fundamental de cualquier sociedad sigue siendo sencilla de expresar, aunque difícil de alcanzar: vivir con dignidad, seguridad, oportunidades, paz, armonía y respeto.
Por eso, los tiempos que vienen no deberían ser solamente tiempos de aspirantes. Deberían ser tiempos de liderazgos.
No bastará con levantar la mano, aparecer en espectaculares, multiplicar fotografías, llenar reuniones o proclamarse defensor de una causa. Habrá que demostrar capacidad para convocar sin dividir, sumar sin someter, escuchar sin simular y conducir sin excluir.
Porque el liderazgo verdadero no se decreta, no se hereda, no se compra y tampoco se fabrica desde una oficina. Se construye, se reconoce y, sobre todo, se demuestra.
Y ha llegado el tiempo de mostrar quién tiene verdaderamente la capacidad de hacerlo.