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El juicio que agrava el sufrimiento

Por psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Hablar de salud mental se ha vuelto cada vez más común. Escuchamos términos psicológicos en redes sociales, programas de televisión, podcasts y conversaciones cotidianas. Sin embargo, a pesar de esta mayor visibilidad, muchas personas que viven con algún problema de salud mental continúan enfrentando una realidad difícil: además de lidiar con su sufrimiento, deben soportar el juicio de quienes los rodean.

Cuando una persona presenta una enfermedad física, generalmente recibe comprensión. Si alguien tiene una fractura, nadie le exige que camine normalmente. Si una persona desarrolla una infección, difícilmente se le acusará de no estar esforzándose lo suficiente para sanar. Entendemos que existen procesos biológicos que requieren atención, tratamiento y tiempo. No obstante, cuando el padecimiento afecta las emociones, los pensamientos o la conducta, la reacción social suele ser distinta.

Aún persiste la creencia de que los problemas psicológicos pueden resolverse únicamente con voluntad. Frases como “todo está en tu cabeza”, “deja de pensar en eso”, “hay gente que está peor”, “lo que necesitas es distraerte” o “si realmente quisieras estar bien, ya lo habrías logrado” continúan apareciendo en muchos contextos. Aunque en ocasiones estas expresiones se dicen con buena intención, suelen transmitir un mensaje implícito: que la persona es responsable de su sufrimiento o que no está haciendo lo suficiente para salir adelante.

Este tipo de juicios ignora una realidad fundamental: la salud mental es compleja. Los trastornos psicológicos no surgen por una sola causa ni pueden explicarse mediante respuestas simplistas. Factores biológicos, experiencias de vida, relaciones interpersonales, acontecimientos traumáticos, condiciones sociales y múltiples variables más interactúan entre sí de maneras que aún continúan siendo estudiadas por la ciencia.

La depresión, por ejemplo, no es simplemente tristeza. La ansiedad no es únicamente preocupación. Un trastorno obsesivo compulsivo no consiste en ser ordenado. Los trastornos de personalidad no son una cuestión de mala actitud. Sin embargo, cuando las personas desconocen estas diferencias, terminan minimizando experiencias que pueden generar un profundo deterioro en la calidad de vida.

Quizá uno de los efectos más dañinos del estigma sea que muchas personas aprenden a ocultar lo que sienten. Temen ser vistas como débiles, exageradas o incapaces. Algunas continúan funcionando aparentemente con normalidad mientras experimentan un intenso sufrimiento en silencio. Otras evitan buscar ayuda profesional porque consideran que hacerlo sería admitir una derrota personal.

No es raro encontrar personas que tardaron años en acudir a consulta porque pensaban que debían resolverlo por sí mismas. Algunas incluso sienten vergüenza de necesitar apoyo psicológico o psiquiátrico. Lo preocupante es que, mientras una enfermedad física suele generar empatía, una enfermedad mental muchas veces genera sospecha. En lugar de preguntar “¿cómo puedo ayudarte?”, algunas personas preguntan “¿por qué no puedes controlarte?”.

Este fenómeno tiene consecuencias importantes. El estigma no solo afecta la autoestima de quien padece una condición psicológica; también puede retrasar diagnósticos, dificultar el acceso a tratamiento y empeorar el pronóstico. Cuando una persona siente que será juzgada por expresar su sufrimiento, es más probable que guarde silencio. Y cuando el sufrimiento permanece oculto, las oportunidades de intervención disminuyen.

También es importante reconocer que el juicio no siempre proviene de los demás. Con frecuencia termina siendo interiorizado. Personas con ansiedad pueden sentirse culpables por preocuparse demasiado. Personas con depresión pueden verse a sí mismas como inútiles o débiles. Quienes han vivido experiencias traumáticas pueden responsabilizarse por reacciones que en realidad forman parte de las consecuencias psicológicas del trauma. En estos casos, el estigma social se transforma en autocrítica.

Por ello, hablar de salud mental no debería consistir únicamente en difundir información o repetir campañas de concientización. El verdadero cambio ocurre cuando modificamos nuestra manera de relacionarnos con quienes sufren. Cuando sustituimos las conclusiones apresuradas por preguntas. Cuando dejamos de asumir que entendemos lo que otra persona está viviendo. Cuando reconocemos que detrás de cada diagnóstico existe una historia que merece ser escuchada.

La empatía no implica justificar todo comportamiento ni negar la responsabilidad individual. Implica comprender que el sufrimiento humano es más complejo de lo que suele parecer a simple vista. Significa reconocer que una persona puede estar luchando batallas que no son evidentes para quienes la observan desde fuera.

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos como sociedad es qué tipo de entorno estamos construyendo para quienes atraviesan dificultades emocionales. ¿Uno donde deban esconderse por miedo a ser juzgados? ¿O uno donde puedan pedir ayuda sin sentirse avergonzados?

La respuesta a esa pregunta puede marcar la diferencia entre una persona que continúa sufriendo en silencio y una que encuentra el apoyo necesario para iniciar su recuperación. Porque las enfermedades mentales ya generan suficiente dolor por sí mismas. No necesitan que el juicio social se convierta en una carga adicional. Necesitan comprensión, información basada en evidencia y, sobre todo, la disposición de recordar que detrás de cada trastorno hay una persona que merece ser tratada con dignidad.