El exceso y la carencia en “La sabiduría del califa”
Priscila Sarahí Sánchez Leal
Cápsulas literarias
La condición humana se mueve entre polaridades. En el cuento de tradición oriental “La sabiduría del califa”, de Ilan brenman, estas polaridades aparecen representadas en dos personajes, que son Hachid y el dueño del restaurante.
Hachid es un mendigo, quien a falta de recursos para cubrir sus necesidades más elementales, como lo es la comida, ha desarrollado el sentido del olfato y se pasea por los restaurantes percibiendo los diversos aromas de la comida que ahí se vende.
El conflicto surge cuando, tras pasar veinte minutos oliendo la comida de un establecimiento, el dueño pretende cobrarle por oler sus alimentos; desconcertado, Hachid se niega a pagarle, argumentando que no ha comido nada.
Ante la evidente inconformidad de ambos, deciden acudir al palacio del califa, quien con astucia e inteligencia suele resolver los dilemas más complicados que se suscitan entre los habitantes de Bagdad.
Una vez expuesto el conflicto ante el califa, es interesante cómo éste no trata de modificar la naturaleza y percepción de alguno de los personajes involucrados, escucha con atención a ambos y, tras pensar un momento y oler sus libros, encuentra una resolución.
Le pregunta al mendigo si tiene dinero, a lo que él responde que sí aunque poco, le pide lo que tenga y cuando pareciera que está a punto de entregárselo al dueño del restaurante y favorecer a éste, extiende sus manos, agita las monedas y le dice que escuche el dinero y se dé por pagado, de una manera justa.
El califa le da un giro al conflicto, desarmándolo, pero haciendo uso de la misma lógica que lo propició, sin intentar persuadir a nadie o cambiar su visión de las cosas. Aunque es una figura de autoridad, no utiliza su poder para imponer una resolución, sino que echa mano de su sabiduría y cambia las circunstancias.