El espejismo de las siglas y el peso del carácter
Médico Antonio Sánchez González
Toda contienda electoral suele reducirse, en el fervor del debate público, a una confrontación binaria de siglas: la permanencia de un régimen o la promesa redentora de la alternancia. Frente al horizonte comicial que habrá de definir el rumbo de Zacatecas, el dilema entre la continuidad de Morena o el arribo de una coalición opositora oculta una verdad más profunda y determinante: en una entidad con instituciones frágiles, dependencia fiscal extrema y economía raquítica, discutimos membretes como si poseyeran virtudes prodigiosas, olvidando una verdad irrefutable: los partidos políticos no gobiernan; gobiernan individuos de carne y hueso, con filias, debilidades, complejos, o arrestos morales concretos. En un territorio tan castigado como el nuestro, las siglas son mero envoltorio; el carácter del mandatario es el verdadero destino.
La historia reciente de nuestra tierra ofrece un testimonio elocuente de cómo el estilo personal de gobernar moldea la realidad colectiva. En los últimos tiempos fuimos testigos de un periodo de formalismo ceremonial y gusto por el gasto de escaparate, durante el cual el afán de proyección estética dejó como herencia un endeudamiento histórico que todavía hipoteca el margen de maniobra estatal. Vivimos después otro de pretendida prudencia tecnocrática, en el que detrás de las faldas de la solvencia contable y manifiesta aversión al conflicto derivó en un repliegue timorato, dejando al aparato gubernamental paralizado frente a la embestida criminal y la presión gremial. Finalmente, hemos experimentado otro en el que se ha operado bajo un pragmatismo endogámico donde la desconfianza hacia la estructura institucional y la subordinación casi exclusiva a la estrategia federal han provocado un distanciamiento con los sectores productivos, la sociedad civil y los municipios. Tres siglas distintas, diversos temperamentos y un mismo resultado: la inhabilidad para sostener el timón en la tormenta.
Ni la cosmética presupuestal, ni la pasividad reactiva, ni el repliegue faccioso han bastado. Zacatecas no es una abstracción administrativa: hace décadas es un territorio exhausto por la disputa territorial en sus corredores carreteros, asfixiado por el abatimiento de sus acuíferos y sometido a un presupuesto que depende desesperadamente de las transferencias federales. En un entorno de tanta estrechez, el próximo titular del Ejecutivo no puede conformarse con administrar inercias ni transferir responsabilidades.
La cruda realidad no admite ya narrativas de saliva y atril. Las cifras no mienten. Los datos más recientes del Índice de Competitividad Estatal publicados por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) confirman lo que en las calles y campos zacatecanos se padece a diario: nuestra entidad permanece anclada en los últimos peldaños del país, atrapada en un nivel de competitividad baja que exhibe el colapso del Estado de derecho, la parálisis en la atracción de inversión productiva y una alarmante fuga de talento joven. El diagnóstico del IMCO no es un juicio ideológico, sino una radiografía implacable de nuestro rezago frente al resto de la República. Y ese abismo no se cierra con decretos partidistas ni con lealtades ciegas a un color; se revierte únicamente con gobernantes que posean el temple, la solvencia técnica y la madurez emocional indispensables para gobernar.
Frente a la boleta electoral, la ciudadanía debe someter a los aspirantes a una rigurosa auditoría de personalidad sobre los ejes que definen la viabilidad del estado:
Quien aspire a gobernar no puede atrincherarse en el confort burocrático mientras los municipios sufren el despoblamiento y el miedo. Se necesita un perfil con empatía genuina y presencia territorial permanente que transmita serenidad y devuelva la certidumbre a las familias, no un administrador que trate el dolor humano como un simple problema de control de daños mediático.
Se requiere carácter para ordenar las finanzas universitarias sin desmantelar su espíritu y alinear la educación superior con las destrezas de ciencia y tecnología que demanda la industria moderna so pena de condenar a nuestra juventud a la emigración.
Zacatecas necesita quien esté dispuesto a arriesgar el capital político por proyectos que salven el futuro. Alguien con madera de estadista que pueda destrabar de una vez por todas una solución hídrica de gran escala para frenar la agonía de nuestros acuíferos y audacia para romper el aislamiento económico, porque mientras el corredor de El Bajío y las entidades vecinas capitalizan el auge histórico del nearshoring y la manufactura avanzada, Zacatecas se queda en la banqueta, mirando pasar la riqueza ajena. Salir del fondo que dibuja la tabla del IMCO exige un gobernante con visión cosmopolita, interlocución respetuosa con el empresariado y una diplomacia económica agresiva que convenza al capital de que nuestro estado es un nodo logístico viable y seguro, no un páramo de paso.
Dejemos de interrogar a las siglas sobre lo que jamás podrán resolver. Preguntémonos, más bien, si el candidato tiene la templanza para no quebrarse ante las presiones, la humildad para rodearse de los mejores y la decencia cívica para anteponer a Zacatecas a su propia vanidad. En esa evaluación del carácter se decidirá si salimos del sótano nacional o si continuamos administrando nuestra propia decadencia. Si no escudriñamos el carácter del candidato antes de votar, volveremos a despertar, al día siguiente de la elección, con las mismas cadenas, pero con distinto collar.