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El duelo ambiguo

Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

A día de hoy, resulta muy común escuchar la palabra duelo en referencia al proceso consecuente a la muerte de una persona cercana. En el léxico popular, el duelo se ha incorporado como la respuesta natural ante la muerte, casi como si hablar de duelo fuera sinónimo de fallecimiento. Sin embargo, esto no es del todo preciso. El duelo no significa muerte; significa pérdida. Esta distinción resulta fundamental al momento de comprender el proceso psicológico que atraviesan las personas que han perdido a un familiar por desaparición.

El duelo por desaparición, lamentablemente, es cada vez más frecuente. De hecho, en muchos contextos sociales existe hoy más duelo por desaparición que duelo por muerte confirmada. ¿Pero por qué muy desafortunadamente? Porque ahora a las personas no solo se les pierde: se les desaparece. Y esto implica una forma de pérdida particularmente devastadora.

La desaparición da paso a una incertidumbre constante y profundamente dolorosa para las familias. No saben dónde están sus hijos, padres o hermanos; no saben qué destino tuvieron, o incluso si lo tuvieron. Desconocen en qué condiciones viven o en qué condiciones pudieron haber muerto. No saben nada. Y es precisamente esta ausencia de certezas lo que genera un daño psicológico mayor.

La incertidumbre quema desde dentro, no concede tregua ni permite la elaboración simbólica de la pérdida. No hay cuerpo, no hay ritual, no hay un lugar donde ubicar los restos ni donde depositar el dolor. Este tipo de duelo suele ser considerablemente más complejo de elaborar. ¿Cómo enfrentar la realidad de la pérdida cuando no se sabe si la persona regresará? ¿Cómo aceptar una ausencia cuando no existe una confirmación de muerte?

Es en este punto donde emerge el duelo complicado o duelo ambiguo: un proceso en el que la persona queda suspendida entre la esperanza y la desesperanza, entre la presencia psicológica del ausente y su ausencia física. La pérdida no puede cerrarse porque no hay un final claro, lo que prolonga el sufrimiento, incrementa la angustia y dificulta la reorganización emocional y vital de quienes permanecen.

Ante este tipo de pérdida, el trabajo psicológico se vuelve no solo pertinente, sino indispensable. El acompañamiento terapéutico en casos de desaparición no debe orientarse a “cerrar” el duelo, ya que hacerlo resultaría iatrogénico, sino a ayudar a la persona a convivir con la ambigüedad, a sostener la incertidumbre sin que esta destruya su funcionamiento psíquico y su vida cotidiana.