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El cuerpo que también tiene miedo

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Hay diagnósticos que no comienzan en el momento en que un médico pronuncia una palabra, sino en el instante en que una persona comprende que su vida, tal como la conocía, podría cambiar para siempre. El cáncer de mama es uno de ellos. Detrás de cada diagnóstico existe una historia, una identidad, una familia y una serie de expectativas que, de pronto, quedan suspendidas ante la incertidumbre.

Hablar del cáncer de mama suele conducirnos a la importancia de la autoexploración, las mastografías, la detección temprana y los tratamientos. Todos ellos son aspectos fundamentales, pero existe una dimensión que con frecuencia permanece en segundo plano: la experiencia psicológica de quien recibe el diagnóstico. Porque, aunque la enfermedad se manifieste en el cuerpo, sus consecuencias no se limitan a él.

El diagnóstico puede desencadenar una profunda sensación de pérdida de control. Aparecen preguntas para las que no siempre existen respuestas inmediatas: ¿Voy a sobrevivir? ¿Cómo cambiará mi cuerpo? ¿Qué pasará con mis hijos, mi pareja o mi trabajo? ¿Volveré a ser la misma persona? La incertidumbre se convierte entonces en una experiencia cotidiana, en la que el futuro deja de percibirse como una posibilidad y comienza a sentirse como una amenaza.

Desde la psicología, el miedo no es una respuesta irracional que deba eliminarse a toda costa. Es una reacción ante una amenaza que, en este caso, puede ser real y significativa. El problema no radica necesariamente en experimentar miedo, tristeza o angustia, sino en las condiciones en las que una persona debe afrontar estas emociones, especialmente cuando se espera que conserve una actitud positiva incluso en los momentos más difíciles.

Existe una idea profundamente arraigada en nuestra sociedad: la obligación de ser fuertes. A las mujeres que enfrentan el cáncer se les suele llamar guerreras, luchadoras o vencedoras, expresiones que pretenden reconocer su resistencia, pero que también pueden imponer una expectativa silenciosa: la de no rendirse, no quebrarse y no mostrar vulnerabilidad. Sin embargo, una persona no tiene que demostrar fortaleza en todo momento para afrontar una enfermedad. Tiene derecho a sentir miedo, a llorar, a experimentar enojo y, sobre todo, a no tener que convertir su sufrimiento en una lección de optimismo para los demás.

También es necesario hablar de la relación entre el cáncer de mama y la imagen corporal. Para muchas mujeres, los tratamientos pueden implicar cambios físicos importantes, como la pérdida del cabello, las cicatrices quirúrgicas o la extirpación parcial o total de una mama. Estos cambios no representan únicamente una transformación estética; pueden afectar la identidad, la intimidad, la sexualidad y la manera en que una persona se reconoce frente al espejo. Reducir estas experiencias a una cuestión de vanidad supone desconocer el significado psicológico y personal que puede tener el propio cuerpo.

A esto se suma una realidad que pocas veces se aborda con suficiente sensibilidad: el entorno también enferma emocionalmente, aunque no necesariamente de la misma manera. Las parejas, los hijos, los padres y las personas cercanas pueden experimentar temor, angustia e impotencia. No obstante, acompañar a alguien que atraviesa el cáncer no significa exigirle una actitud determinada, ofrecer respuestas para todas sus preguntas o recordarle constantemente que debe ser positiva. En ocasiones, acompañar consiste simplemente en permanecer, escuchar y respetar el silencio, sin intentar corregir cada emoción que aparece.

Por ello, la atención psicológica no debería considerarse un recurso exclusivo para quienes presentan un trastorno emocional o tienen dificultades para sobrellevar el diagnóstico. Puede ser un espacio para elaborar el miedo, adaptarse a los cambios, fortalecer los recursos personales y recuperar, en la medida de lo posible, una sensación de autonomía. La salud mental también forma parte de la atención integral, desde el diagnóstico y durante el tratamiento, la recuperación o los cuidados paliativos, según las necesidades de cada persona.

Octubre nos recuerda la importancia de la sensibilización sobre el cáncer de mama, pero también debería invitarnos a cuestionar la manera en que hablamos de quienes lo padecen. Detrás de las campañas, los listones rosas y las estadísticas hay personas que no necesitan convertirse en símbolos de valentía, sino recibir atención médica oportuna, acompañamiento psicológico, redes de apoyo y condiciones dignas para atravesar su enfermedad.

Quizá una de las formas más humanas de acompañar a una mujer con cáncer de mama sea dejar de preguntarle constantemente qué tan fuerte está siendo y comenzar a preguntarle qué necesita. Porque no todas las batallas se viven con valentía visible, ni todos los días se tienen las mismas fuerzas.