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El amor, la luz y la amistad

Por Amparo Berumen

Pintar es fácil cuando no sabes cómo, pero es muy difícil cuando sí sabes cómo hacerlo.

Edgar Degas

Los impresionistas fueron una muchedumbre gregaria; sus obras son testimonios de su gran amor por la vida y por el convivir con los amigos. Su determinación fue liberarse del “establishment” volviendo su atención a los temas cotidianos para ofrecernos un legado de lienzos rico en convivencia despreocupada.

La pintura de los impresionistas comunica esa pasión irresistible a la vida con una juventud y una energía vigorizantes.Manet como precursor del Impresionismo y uno de los pintores mas celebrados de su tiempo, gustaba de reunirse en el Café Tortoni, optando después por el Café Guerbois, lugar preferido del maestro donde le veían reanimarse.

Dejar el aristocrático Café Bade y buscar la paz y la magia que guardaba entre sus muros silenciosos el Guerbois, era para Manet como el caminar por un sendero cuya iluminación acaso robó para eternizarla en sus lienzos; un sendero tan amplio que impulsaba el vuelo de esos artistas donde el pensamiento los transportaba a ese mundo en el que se hace posible lo imposible. Momentos en que de la simple discusión se pasaba a lo académico, y a los que se sumaron Duret, Cladel, Fantin–Latour, Monet, Degas (el temible), Bazille, Cézanne, Sisley, Pisarro… agregándose amigos como Tournachon que era una especie de “auxiliar de los pintores”, un verdadero amigo que cedía sus salas cuando aquéllos no eran admitidos en lugar ninguno.

El estallido de la guerra Franco–Prusiana (1870) pone nuevamente en riesgo a los pintores de esta tendencia quienes se dispersan por países vecinos. Decididamente, todos inician su creativo trabajo al aire libre, y gracias a los contactos artísticos y literarios franco-ingleses surgidos a inicios del Romanticismo, ya pasado el conflicto armado merced a la saludable influencia de Delacroix –pintor romántico francés–, se definen los mejores trazos del Impresionismo en los bellos campos, los estrechos caminos, o en las embarcaciones del Sena.

Se incorporan a la tela escenas tan libres como cotidianos, se aprovecha la iluminación que el día ofrece de cualquier hora y los lienzos nacen a la luz pública aún frescos, apenas terminados. La pintura vibra y se abre a todos los espacios, a las suaves tonalidades, donde la diafanidad y la alegría hacen gala espontánea y despreocupada.

Las reuniones en el Café Guerbois no sobrevivieron a la guerra quizá porque su objetivo de permitir a estos artistas conocerse mejor, estaba ya cumplido; todas fueron brillantes y emotivas, salpicadas de ingenio, en que Manet y Degas llevaban la batuta, donde la discusión cedía al trabajo.

Luis Leroy, en sus ataques a los impresionistas, sin desearlo les otorgó este nombre, no obstante que Monet había titulado una de sus obras Impresión del Sol Naciente.

Este grupo extraordinario cuyo tema era el placer, hizo su gran aporte como tendencia pictórica, preferida hoy entre los artistas y conocedores; aporte que constituye el más vivo y actual testimonio de aquellos soñadores cuyas telas llegan a nosotros cual magia atrayente y sobrecogedores tonos de una naturaleza desbordante en pinceladas fluidas, que difícilmente revelarían algún disturbio o “anti–establishment” derivado de su trabajo.

Hoy nos evoca una sensación de bienhecho, y un matiz de nostalgia por el tiempo aquel cuando el amor, la luz y la amistad fueron elevadas de cosas rutinarias, a ser tema central, pese a que sus autores fueron malentendidos y sus obras rechazadas y ridiculizadas por ser “embadurnamientos” de luná[email protected]