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El acto de mirar

Priscila Sarahí Sánchez Leal

Cápsulas literarias

La mirada es un puente entre el mundo exterior y el interior y, en ese intermedio, caben múltiples acontecimientos. Más allá del ver, que es un fenómeno físico y biológico, la mirada vuelca lo que cada uno lleva dentro de sí. Conmoverse o no ante tal o cual obra de arte proyecta el mundo que se ha forjado adentro, al respecto, dice Nahui Olin “no hay nada más interesante que el mundo que llevamos dentro”, en “Supremo egoísmo” del libro Óptica cerebral. Poemas dinámicos. 

Por su parte, John Berger señala en Modos de ver que “nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos” y “poco después de poder ver somos conscientes de que también nosotros podemos ser vistos.” Hay una larga tradición vinculada al acto de mirar, juegos entre ver y no ver, la dialéctica entre observar y ser observado, la mirada desde una perspectiva estética, ideológica, la idea del voyeurista. 

Acudiendo a las etimologías, se vuelven visibles los matices entre aparentes sinónimos. La palabra ver proviene del verbo latino vidēre, que significa “percibir por los ojos”; mirar viene de mirari, es decir, “admirarse” o “asombrarse”; observar deriva de observare, o sea “mirar con atención o vigilar”; por su parte, contemplar, de contemplari, tiene relación con “mirar atentamente un espacio delimitado.”

Del acto físico de ver es posible transitar al acto de contemplar, detenerse ante algo y otorgarle un espacio y atención distintos. Ejercitar una mirada atenta, cuyo vaivén sea capaz de reconectar el mundo exterior y el interior, expande las perspectivas y le da mayor profundidad a la forma de estar en el mundo de cada persona. Ver, pero también detenerse a observar, mirar, contemplar.

En “Mi mirar es nítido como un girasol”, de Pessoa, se expresa “Tengo la costumbre de andar por los caminos / Mirando a derecha y a izquierda, / Y de vez en cuando para atrás… / Y lo que veo a cada momento / Es aquello que nunca antes había visto, / Y me doy cuenta muy bien… / Sé tener el pasmo esencial / Que tiene un niño, si, al nacer, / Repara deveras en su nacimiento… / Me siento nacido a cada momento / Para la eterna novedad del mundo…”

Ese “sentirse nacido a cada momento” evidencia cómo el mirar y contemplar tienen la potencia de constituir un acontecimiento, incluso en aspectos cotidianos y detalles en apariencia diminutos. En la forma de mirar se pone en juego la configuración misma de la propia realidad, la relación con lo otro, pero también la propia subjetividad.