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Cuando el miedo cruza fronteras: de Guadalajara para el mundo

Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Estamos acostumbrados a escuchar la frase “de Guadalajara para el mundo” como un símbolo de orgullo. Pensamos en el mariachi, en la identidad, en la cultura que se exporta con fuerza y tradición desde esta tierra hacia todos lados. Es una expresión que habla de celebración.
Pero a veces, lo que cruza fronteras no es la música.
A veces lo que viaja es el miedo.

Y cuando el miedo se vuelve noticia, imagen, conversación y tendencia, deja de ser un hecho local. Se convierte en una experiencia emocional compartida. Lo que ocurrió en Guadalajara no solo impacta a quienes estuvieron ahí; activa algo más profundo en todos nosotros: la fragilidad de esa creencia silenciosa de que el mundo es relativamente seguro.

La violencia pública confronta una creencia básica: “el mundo es relativamente seguro”. Cuando esa creencia se fractura, aparecen:

Hipervigilancia
Ansiedad anticipatoria
Pensamientos catastróficos
Necesidad de información constante

Cuando ocurre un hecho violento en un espacio público —como lo que pasó recientemente en Guadalajara— no solo se afecta a quienes estuvieron ahí. Se fractura algo más profundo: una creencia silenciosa que casi todos compartimos sin cuestionarla —“el mundo es relativamente seguro y yo puedo moverme en él con cierto control”.

Esa creencia es un organizador psicológico. Nos permite salir, planear, confiar, proyectarnos. Cuando se rompe, no solo aparece miedo; aparece desorientación.
La mente entonces intenta compensar esa pérdida de control.

Hipervigilancia

El sistema nervioso se mantiene en alerta constante. Escuchamos más fuerte los ruidos, analizamos más los movimientos de los demás, escaneamos el entorno buscando señales de amenaza. No es paranoia; es un cerebro intentando anticiparse para no volver a ser sorprendido. El problema es que vivir en alerta permanente agota, desgasta y termina reforzando la idea de que el peligro es inminente.

Ansiedad anticipatoria

Ya no reaccionamos solo a lo que pasó, sino a lo que podría pasar. La mente empieza a proyectar escenarios futuros: “¿Y si vuelve a ocurrir?”, “¿Y si me toca a mí?”, “¿Y si le pasa a alguien cercano?”. La ansiedad aquí no está en el presente, está en la posibilidad. Es la ilusión de que, si pienso suficiente en el peligro, estaré preparado.

Pensamientos catastróficos

Cuando la sensación de control disminuye, el pensamiento tiende a irse al peor desenlace posible. El cerebro prefiere exagerar el riesgo antes que subestimarlo. Evolutivamente tiene sentido: es más seguro sobrerreaccionar que ignorar una amenaza real. Pero psicológicamente, sostener ese nivel de catastrofización altera la percepción de la realidad y puede generar una vivencia constante de inseguridad.

Necesidad de información constante

Revisar noticias, redes sociales, actualizaciones. Una y otra vez. No es morbo necesariamente; es búsqueda de control. La mente cree que si tiene todos los datos, podrá reducir la incertidumbre. Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario: más información sin procesamiento emocional solo amplifica la activación.

Nada de esto es debilidad. Es un sistema nervioso haciendo su trabajo. Es la mente intentando restaurar equilibrio cuando la sensación de seguridad se ve amenazada.

El problema no es que aparezcan estas respuestas. El problema es quedarse viviendo desde ahí.

La regulación emocional no implica negar lo ocurrido ni minimizarlo. Implica reconocer que el mundo puede ser incierto sin que yo tenga que habitar permanentemente en estado de alarma.

Porque cuando el miedo organiza toda nuestra conducta, no solo perdemos la sensación de control externo; empezamos a perder libertad interna.