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Correspondencias

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

S. escribe de noche, desde la intimidad de su apartamento, impulsada por una memoria que insiste en regresar a R., ese hombre al que sólo ha visto un par de veces, pero cuya presencia, luminosa y esquiva, se le ha quedado grabada como un resplandor difícil de aprehender.

Entre devaneos, imaginerías y fragmentos de sensaciones, S. intenta recuperar el hilo tenue de sus encuentros; la caminata por las calles de J., los cafés compartidos, las conversaciones que se iban tejiendo como un hilo invisible, entre lo cotidiano y lo efímero. Bastaba un poco de cercanía para que sus sentidos se alteraran y la realidad adquiriera un matiz irreal, casi sobrenatural.


Vuelve a su mente la escena de la cafetería. Él ofreciéndole un bocado de su postre, ella aceptando más por la secreta emoción del gesto que por el sabor mismo. Recuerda las fotografías tomadas, no de ellos, sino de los libros que S. cargaba, dispuestos torpemente en un entrepiso de madera, cayéndose una y otra vez mientras ambos reían, especialmente R., que rara vez se permitía esa clase de espontaneidad. Aquellas imágenes quedaron grabadas en la cámara de él y, desde entonces, también en la imaginación de ella, quien intenta retener una tarde destinada a desvanecerse como todo lo efímero que hay en la vida.


Asimismo, la escritura le impone a S. su propia trampa y, por más que lo intenta, no logra capturar la nitidez de lo vivido, como sí lo hacen las fotografías. Siente la impotencia del lenguaje, esa distancia inevitable que existe entre la palabra y la experiencia. Aun así, persiste, convencida de que escribir requiere una alquimia singular entre memoria, emoción, imaginación y deseo. Intuye que lo que existe entre R. y ella exige una escritura que no aprisione la realidad, sino que la despliegue en múltiples capas, como los palimpsestos que forman los recuerdos.


Antes de los encuentros, ya existía entre ellos una correspondencia alimentada únicamente por palabras que viajaban a la distancia, envueltas en un aire de cierto misterio y misticismo. Sin conocer su rostro, S. percibía en R. una personalidad fascinante, hipnótica, capaz de crear puentes invisibles desde su aura azulada. Lo que surgía entre ambos no pertenecía del todo al mundo tangible, en tanto que era una relación más real, acaso, que la realidad misma, pero imposible de atrapar.


Después de un segundo y último encuentro, S. se descubre añorando su presencia con una intensidad inesperada. Por las noches escucha la música que ambos comparten, convencida de que, al impregnar su cuerpo y su mente de esas melodías, lo está invocando. Una tarde vuelve al café del primer encuentro, bajo el influjo de una extraña euforia, imagina que él cruzará el umbral y se sentará frente a ella una vez más. Un par de sorbos de cerveza bastan para que las ensoñaciones la envuelvan y cada una tenga el rostro de R.


En medio de esas imágenes, S. recuerda la advertencia de él: ¿No temes que mi recuerdo quede atrapado en tu mente? Ella dijo que no, sin imaginar que esa respuesta derrumbaba las murallas que R. había construido durante años, desde que decidió abandonar la música y silenciar aquello que alguna vez lo sostuvo. Ahora, sin proponérselo, S. ha reactivado en él un impulso que creía extinguido, del mismo modo en que R. ha despertado en ella una forma nueva de mirar y comprender el deseo.


Tal vez nunca vuelvan a encontrarse, o tal vez el destino aguarda una última nota pendiente entre ambos; pero S. intuye que, suceda lo que suceda, esa breve correspondencia, configurada por palabras, imágenes y música, ya ha transformado algo en los dos. Y ese singular trastocamiento, aunque nacido de lo efímero, permanecerá.