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Bomba de tiempo

Por Antonio Sánchez González, Médico.

El rápido aumento de la edad de la población sigue considerándose el desafío global más urgente. Sin embargo, en realidad es la caída de las tasas de fertilidad la verdadera bomba de tiempo. Casi dos tercios de la población mundial vive ahora en países donde la tasa de fertilidad está por debajo del nivel de reemplazo de 2.1 hijos por mujer. Las Naciones Unidas predicen que la población mundial alcanzará su pico en la década de 2080, y algunos investigadores incluso estiman que este punto de inflexión sucederá mucho antes.

Las consecuencias de esta realidad ya se pueden ver. Por ejemplo, el último informe del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), muestra que la edad mediana en las economías avanzadas ha aumentado de 29 años en 1950 a 41 en 2023. Esta tendencia es aún más pronunciada en Europa Central y del Este: en Croacia y Bulgaria es ahora de 45 y 44 años respectivamente, mientras que en Polonia ha alcanzado los 42 años. En Nigeria, en cambio, solo es de 18 años. Se espera que en México sea de 43 años en 2050 cuando hoy es de 30 -en Zacatecas ya es de 36-.

Lo que distingue a las economías como la mexicana y las de Europa Central y del Este es que su transición demográfica se produce con niveles de ingresos tres o cuatro veces inferiores a los de las economías avanzadas. En otras palabras, envejecen antes de generar riqueza, lo que limita su potencial de crecimiento económico al tiempo que el descenso en la fertilidad refleja profundos cambios sociales y culturales en las normas familiares: las personas se casan más tarde o, cada vez más, no se casan; las mujeres se convierten en madres más tarde en sus vidas, debido a periodos más largos de educación, cambios en roles de género y aspiraciones profesionales. Desde 1990, la edad media a la que las mujeres tienen su primer hijo ha aumentado de 24 a 29 años en Croacia, de casi 24 a 28 años en Polonia y de 26,8 a 31,5 años en España. Una proporción creciente de mujeres no tiene hijos y esta maternidad tardía y las presiones económicas sobre los hogares reducen la probabilidad de tener familias numerosas.

La combinación de la disminución de la fertilidad y el aumento de la esperanza de vida está provocando un envejecimiento rápido de la población y una reducción de la fuerza laboral, lo que incrementará el número de pensionistas en relación con la población activa y erosionará el nivel de vida y reducirán el crecimiento anual del producto interior bruto per cápita en las economías emergentes como la mexicana -la que de por si batalla para generar crecimiento- en una media de 0.4 puntos porcentuales anuales.

Las reformas estructurales podrían aliviar algunas de estas presiones demográficas. Aumentar la edad de jubilación, por ejemplo, prolongaría una vida laboral productiva. El aumento de la inmigración podría ayudar a compensar el descenso de la fuerza laboral, mientras que la innovación tecnológica podría aumentar la productividad.

Ninguna de estas medidas es fácil de implementar. Como ilustra el devenir de las reformas de los sistemas de pensiones en México (y en otros países), el aumento de la edad de jubilación sigue siendo muy impopular. De manera similar, aumentar la inmigración, especialmente a niveles suficientes para compensar el declive demográfico, inevitablemente enfrentaría una fuerte resistencia por parte de los votantes, en países donde la cuestión migratoria se ha convertido en un tema político delicado.

Sin embargo, el mayor obstáculo puede ser el envejecimiento en sí. A medida que las sociedades envejecen, también lo hacen los electorados, y los votantes mayores influyen cada vez más en las decisiones políticas. Más numerosos, tienden a apoyar un aumento del gasto en pensiones, salud y defensa, mientras que son mucho menos favorables a la inmigración, la educación o a asumir riesgos a corto plazo para promover un crecimiento a largo plazo. El caso mexicano ya es paradigmático, porque porcentajes cada vez más grandes de la población reciben ingresos subvencionados y gratuitos desde edades muy tempranas sin que la economía nacional muestre signos de crecimiento que le permita soportarlos.

Y los líderes políticos también están envejeciendo, reduciendo el margen de maniobra para reformar las pensiones, ajustar el mercado laboral y seguir políticas proinmigratorias. Revertir esta tendencia requerirá no solo decisiones políticas audaces, sino también esfuerzos genuinos para involucrar a los jóvenes.

Los datos de la medicina social no tienen por qué ser necesariamente una fatalidad. Las reformas que entran en vigor de forma gradual, como las pensiones, suelen ser más aceptables políticamente cuando se adoptan con mucha antelación. Lo que se necesita es coraje político: la disposición a explicar los sacrificios difíciles, a resistir las presiones a corto plazo y a actuar antes de que las realidades demográficas cierren las opciones disponibles. Solo los líderes que estén dispuestos a afrontar estas realidades hoy —y, sobre todo, a implicar a los jóvenes votantes en el debate— pueden esperar asegurar la prosperidad compartida en las próximas décadas.