Alimento y espiritualidad
Por Amparo Berumen
Es posible subir la montaña de la vida por cualquier vertiente, pero cuando se llega a la cima los senderos convergen… ¿Acaso las diversas contribuciones hechas por confucionistas, taoístas, budistas, musulmanes, judíos y cristianos no hacen que la vida sea mucho más interesante?
Huston Smith
Estos días de reflexión traen al paladar los sabores de la Cuaresma. El incitante olor a especias escapa de la cocina e impregna otros rincones de la casa provocando que los comensales de feliz olfato asomen a la mesa antes de lo previsto. Y el tiempo entonces, por necesidad aminorado, adelanta el cantar de ollas y cacerolas que anuncian la hora de compartir los alimentos.
Exquisitos platillos de vigilia son los guausoncles o huazontles, concebidos en la culinaria mexicana como un producto con sabor a campo después de la lluvia. Se cuecen con una atadura para mantenerlos unidos, se rellenan con queso, y revestidos con huevo a punto de nieve se sirven en un caldillo armónico… Los romeritos, planta indígena, se preparan usualmente ¡ay! en mole con tortitas de camarón seco… El huitlacoche, o del náhuatl cuitlacochin que quiere decir maíz añublado, se utiliza como refinado ingrediente en caldos, en untos variados o como relleno de quesadillas, empanadas, molotes… ¡Cuán alegre y soflamera es nuestra mesa mexicana!
El acuerdo sutil de los sabores se esparce sobre el blanco mantel, elogiando los sentidos. Las bondades del fogón casero adquieren intenso aroma de tradición, de acunada herencia. En la cotidianidad de la mesa se suscita un profundo sentido de pertenencia… instantes en que los sinsabores empalidecen favoreciendo vientecillos de velados recuerdos que aquí se comparten.
En este tiempo de recogimiento es obsequioso evocar mis años tiernos y la tibia cocina materna y de la abuela donde el comer era fiesta sencilla y reverencial: plenitud de ayunos y preceptos religiosos bajo el techo hogareño regido por el melancólico tañer de las campanas en días de guardar. Imágenes imborrables, íntima evocación, celebratorios días… No en vano se ha dicho que la felicidad está cercana al paladar.
De antiguo, alimento y espiritualidad aparecen unidos en las diversas fuentes del saber y el conocimiento. En su libro Del Cielo a la Mesa, el monje budista Donald Altman escribe:
“Para los hindúes, el alimento constituye un medio a través del cual se llega a descubrir la auténtica conciencia. Los budistas lo consideran un camino que lleva a la liberación de la conciencia, a la moderación y a la bondad. En el judaísmo concede la santidad y la salud en cada momento de la vida. Entre los cristianos introduce la esencia de la comunión en el interior de la comunidad, a través del servicio y el amor al prójimo. Para la religión musulmana, el alimento constituye un medio de entregarse a la voluntad de Dios”.
Desde el principio de los tiempos los alimentos están interrelacionados a la naturaleza concediendo vida y aumentando la conciencia. Relatos mágicos de interminables páginas cuentan de esta unión esencial considerada por todas las religiones como una explicación de nuestro sagrado lugar en el cosmos… “En este viaje se cruzan muchas culturas y tradiciones que dan la oportunidad de conocer una variedad de rituales asociados con la alimentación, en los que la hospitalidad, la responsabilidad, la solidaridad, la caridad y la servicialidad coexisten…”.
Los intervalos en torno a la mesa, se suceden en mis días lúcidos y en los otros. Deseo encontrar un sentido profundo a toda percepción desprendida de esos instantes. Acallaré a la loca de la casa para escuchar el himno sapientísimo que ha sido escrito para mí…
Durante meses, el loco puede ayunar,
comer de la hierba la punta de la hoja.
Pero de nada le vale
si se le compara con el Maestro
cuyo alimento es el camino.