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Al principio cuesta más

Por Antonio Sánchez González, Médico.

Prevenir es mejor que curar. Este viejo dicho está muy bien pensado también hablando de salud comunitaria y de gastos nacionales en salud. En México, la seguridad social y el Estado financian alrededor del 50% del consumo de atención médica, es decir, un gasto anual de 70 mil millones de dólares en 2024, y aunque respecto del PIB nacional es uno de los porcentajes más bajos entre todos países de la OCDE, esa cifra significa casi un 10% del gasto público total; el otro 50% del gasto, por supuesto lo hace en su totalidad la masa de población enferma del país.

La atención hospitalaria por sí sola representa más de 30 000 millones de dólares al año, a pesar del recorte presupuestal en salud dado para este ejercicio. Gracias a la prevención, muchas patologías pudieron tratarse lo suficientemente pronto como para evitar el hospital, lo que permitiría ahorros sustanciales.

La prevención parecía que sería la política en salud del que se suponía sería el segundo sexenio de la Cuarta Transformación. Hubo al principio de este, diversos momentos en que se manifestó ese interés. Aunque parece que ese ideal pasó a segundo o tercer término, ante otras necesidades y urgencias, en un país como el nuestro por supuesto que hay mucho trabajo por hacer. Los mexicanos tienen uno de los gastos de bolsillo en atención a la salud más altos del mundo en relación con el ingreso per cápita y ya se benefician de algunas medidas preventivas financiadas al 100%, como la vacunación, no así de revisiones preventivas y programas de cribado.

Gracias a estas características de nuestro sistema sanitario, la esperanza de vida saludable en México es ahora casi dos años menos que hace una década, a diferencia de la media de los países del G20 y de la OCDE. Sin duda, mejorar la expectativa de vida de la población y evitar días de estancia hospitalaria deberían estar en la lista de objetivos fundamentales del sistema sanitario en nuestro país.

Persisten muchos obstáculos para la prevención, a veces dentro del propio Estado. Hace menos de tres meses, la propuesta del Gobierno de la República para el Presupuesto de Ingresos de la Federación para el ejercicio fiscal actual contenía tasas de impuestos especiales que encarecían las bebidas embotelladas y las bebidas alcohólicas, no así los alimentos ultraprocesados, con el fin de desincentivar su consumo y conseguir recursos presupuestales para tratar las enfermedades no comunicables; al final de cuentas, la Cámara de Diputados aprobó una serie de medidas impositivas muy endulzadas, influida por la gestión y la publicidad de la industria refresquera nacional -una de las dos más rentables del mundo- y por la industria licorera mexicana, y porque en México tenemos una concepción completamente curativa de la salud.

Sin embargo, los casos se reproducen en el mundo desarrollado de la misma manera: en 2023, una investigación de Radio Francia reveló que el gobierno galo había enterrado dos campañas de prevención desarrolladas por Santé Publique France dirigidas al consumo de alcohol, cediendo así a la presión del lobby vinícola.

Este retroceso da testimonio del fuerte impacto en el comportamiento que se atribuye justamente a estas campañas. Gracias a las numerosas medidas implementadas (envases simples, subidas de precios, espacios libres de tabaco) y la prevención, fumar —la principal causa de muerte evitable— ha disminuido, por ejemplo, significativamente en Francia, con 4 millones menos de fumadores diarios entre 2014 y 2024. Sin embargo, el coste social del tabaco sigue siendo muy alto para el sistema de salud francés. En 2019, se estimó en 156000 millones de euros, incluidos 1700 millones para el Estado y el sistema de Seguridad Social.

Aunque el gasto sanitario se incrementa por el manejo de enfermedades crónicas, muchas de ellas podrían evitarse mediante la prevención (dejar de beber y fumar, mantener actividad física regular, llevar una dieta equilibrada, etc.). Algunos médicos incluso defienden una propuesta controvertida: reembolsar menos por el cuidado de pacientes que no han prestado atención a su salud, por ejemplo, si continúan fumando tras una operación cardíaca.

La prevención, lamentablemente, sufre por la visión a corto plazo en la que los políticos están inscritos, esperando resultados rápidos y visibles. Sin embargo, este enfoque de la salud es esencialmente a largo plazo. Una persona que cambia su dieta, realiza revisiones a tiempo y deja de fumar o beber, acabará costando mucho menos a la sociedad, porque disminuyen sus posibilidades de tener hipertensión o sufrir un infarto y un impacto positivo en las cuentas públicas, pero después de varios años.


Imagen generada por IA