Agustín Carstens: el arquitecto silencioso que transformó la Banca Mundial
Su reciente retiro del Banco de Pagos Internacionales (BIS) cierra un capítulo histórico, dejando un legado de innovación, inclusión y rigor intelectual que ya es estudiado como un manual de liderazgo para el futuro de las finanzas globales.
El pasado 30 de junio, sin la estridencia que suele acompañar a las figuras de su calibre, Agustín Carstens concluyó su mandato como Gerente General del Banco de Pagos Internacionales (BIS), la institución conocida como «el banco central de los bancos centrales». A su partida deja un legado considerado un caso de estudio sobre cómo dirigir las finanzas globales en una era de disrupción sin precedentes.
Carstens, quien dirigió el Banco de México con pulso firme entre 2010 y 2017, deja la cúpula del poder financiero mundial para dar paso al español Pablo Hernández de Cos. Sin embargo, la conversación no gira en torno a su sucesor, sino al profundo cambio que Carstens orquestó desde su llegada a Basilea en 2017. Su mandato es analizado no por sus crisis, sino por su visión de futuro.
La Prueba de Fuego en 2008
El liderazgo global de Carstens se forjó durante la crisis financiera de 2008. Como Secretario de Hacienda y Crédito Público (2006-2009) en el gobierno de Felipe Calderón, diseñó una respuesta que protegió a México de un colapso mayor y se convirtió en un modelo internacional.
Su medida más reconocida, que le valió el apodo de «San Agustín» entre analistas financieros, fue la cobertura petrolera. A principios de 2008, con el petróleo sobre los $140 dólares por barril, su equipo compró opciones de venta (put options). Cuando los precios colapsaron a cerca de $40 a finales de año, la estrategia evitó pérdidas por unos $5,000 millones de dólares. Esta cobertura fue un salvavidas fiscal en un momento en que el PIB se contrajo un -6.5% en 2009 y se perdieron cerca de 550,000 empleos formales.
Carstens también fue clave en el acceso a la Línea de Crédito Flexible (FCL) del FMI. En marzo de 2009, México fue el primer país en obtenerla, asegurando $47,000 millones de dólares. La medida fue vista como un «sello de calidad» para la gestión macroeconómica del país y ayudó a eliminar el estigma de los préstamos del FMI para mercados emergentes, tranquilizando a los inversionistas.
Bajo una política fiscal conservadora, lanzó en octubre de 2008 un programa de apoyo económico del 1.5% del PIB (unos $13,000 millones de dólares) que incluyó estímulos a la infraestructura, alivio tributario y apoyo crediticio, coordinado con una reducción de tasas de interés del Banco de México del 8.25% al 6.5%.
La resiliencia de México también se debió a las reformas post-crisis de 1994, que fortalecieron la disciplina fiscal y la autonomía del banco central. Gracias a ello, el país enfrentó la crisis de 2008 con un sistema bancario sano y reservas de unos $90,000 millones de dólares.
La gestión de Carstens recibió elogios del FMI y el Banco Mundial, así como premios internacionales que culminaron con su elección en 2015 para presidir el Comité Monetario y Financiero Internacional del FMI. Sin embargo, no estuvo exenta de críticas. El Nobel de Economía Joseph Stiglitz la calificó de «pésima», argumentando que priorizó a las corporaciones mientras la pobreza subió al 47%. Críticos locales señalaron la pérdida de 700,000 empleos formales en 2009 y el aumento de la desigualdad.
La economía se recuperó con un crecimiento del 5.5% en 2010, bajo su sucesor Ernesto Cordero, un rebote atribuido en gran medida a las bases fiscales y de seguridad para la inversión establecidas por Carstens.
Un Nuevo Eje de Poder: El Símbolo del Cambio
El primer y más potente mensaje de la era Carstens en el BIS fue su propia presencia. Fue el primer Gerente General del BIS proveniente de un mercado emergente. Lo que pudo ser visto como un simple gesto de diversidad fue, en realidad, el reconocimiento de un cambio tectónico en el equilibrio económico mundial. Su nombramiento validó que el talento y la visión para liderar las instituciones más complejas e influyentes del planeta ya no eran patrimonio exclusivo de los centros financieros tradicionales de Norteamérica y Europa.
Analistas internacionales describen este hito como el momento en que el BIS pasó de ser un club de economías avanzadas a una institución verdaderamente global, capaz de entender y conectar las realidades de mundos diversos: desde el rigor académico de las universidades de élite hasta las necesidades pragmáticas de las economías en desarrollo.
El Legado Más Tangible: El «Innovation Hub»
Si hay una pieza central en su legado, es la creación del BIS Innovation Hub. Con una mentalidad que el FMI describió como de «start-up», Carstens entendió que la banca central no podía ser un espectador en la revolución digital. En lugar de solo advertir sobre los riesgos de las criptomonedas o el fintech, impulsó una red global de centros de innovación para investigar, experimentar y, en última instancia, liderar la conversación sobre el futuro del dinero.
Bajo su amparo, el BIS se convirtió en el principal promotor de las Monedas Digitales de Bancos Centrales (CBDC), argumentando con firmeza que «si se necesitan monedas digitales, los bancos centrales deben ser los emisores» para garantizar la confianza y solidez del sistema monetario. Esta iniciativa proactiva transformó el rol del BIS: de ser un observador que emitía advertencias, a ser un arquitecto que diseña las estructuras del mañana.
El Estilo Carstens: Pragmatismo, Curiosidad y Rigor
Quienes trabajaron con él lo describen como un líder «intensamente curioso, confiable y un pensador estratégico preeminente». Su capacidad para combinar un profundo rigor académico con una aplicación pragmática de las políticas fue la clave de su éxito.
Este estilo se reflejó en sus posturas públicas. Fue una de las voces más tempranas y consistentes en advertir sobre el retorno de la inflación en un mundo post-pandemia, instando a los bancos centrales a no desviarse de su mandato principal. Durante la crisis de COVID-19, no se limitó a la macroeconomía, sino que llamó a acciones urgentes para «cerrar la última milla» y asegurar que la liquidez llegara a las pequeñas y medianas empresas, demostrando una conexión con la economía real a menudo ausente en los pasillos de las finanzas globales.
Un Legado que Continúa
Su influencia no termina con su retiro. Desde julio de 2025, Carstens se ha unido al Consejo Asesor Internacional de la Global Finance & Technology Network (GFTN), presidido por la Reina Máxima de los Países Bajos, una posición desde la cual seguirá moldeando el diálogo sobre la intersección de las finanzas y la tecnología.
En México, economistas y analistas recuerdan su gestión en Banxico, donde controló la inflación y mantuvo la estabilidad del peso en tiempos de alta volatilidad, un desempeño que le valió el reconocimiento internacional y lo catapultó a la escena mundial. Hoy, su trayectoria completa es vista como un testimonio de la capacidad técnica y el liderazgo estratégico que puede surgir de las economías emergentes.
La gestión de Carstens durante la crisis de 2008 combinó innovación técnica, prudencia fiscal y compromiso internacional, sentando las bases para su ascenso a los más altos niveles de las finanzas globales. Su capacidad para anticipar riesgos, diseñar soluciones creativas y mantener la estabilidad macroeconómica en medio de una tormenta global lo estableció como una figura de referencia en la gestión de crisis económicas, mucho antes de su llegada al BIS.
Agustín Carstens deja el BIS como una institución transformada, más moderna, inclusiva y preparada para el siglo XXI. Su caso es la prueba de que el liderazgo en la era digital no se trata de reaccionar a las crisis, sino de anticiparlas y construir, con visión y pragmatismo, los cimientos del futuro. Su legado silencioso seguramente resonará durante décadas en los pasillos de la banca central mundial.