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Abrazar el instante

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Todo fluye,
nada permanece.

-Heráclito

En el cuento “El inmortal”, Borges imagina la paradoja de una vida sin fin, representándola a través de un hombre que descubre que la verdadera condena no radica en la muerte, sino la imposibilidad de morir.


La eternidad, en el relato, se transforma en un laberinto donde el tiempo deja de tener sentido, en tanto que el deseo de permanencia se torna en una carga insoportable. Lo que parecería un privilegio y uno de los grandes sueños de la humanidad, vivir para siempre, deviene en extravío.


Asimismo, Jonathan Swift, en Los viajes de Gulliver, imagina a los Struldbruggs, unos seres destinados a la inmortalidad, pero no al bienestar, envejecen sin cesar, acumulan decrepitud, tristeza, tedio y conforme su edad avanza se enfrentan al olvido de lo vivido y al rechazo de los mortales.


Ambas visiones literarias permiten reflexionar acerca de cómo la permanencia absoluta puede ser una forma de condena, un circuito cerrado donde nada cambia y, por lo tanto, nadie puede vivir plenamente.
Al parecer, se nos ha olvidado cómo habitar el instante, pues vivimos suspendidos entre el ayer y el mañana, recordando grandes cosas o imaginando otras tantas que nos prometan duración.


Nada nos desconcierta tanto como lo efímero, eso que llega apenas a rozarnos y luego se desvanece, sin embargo, ¿la vida no está constantemente atravesada por lo efímero? ¿Acaso no es ahí donde radica su valor?


Añoramos lo que permanece y desdeñamos lo transitorio, como si en la brevedad hubiera una forma menor de existencia. Nos cuesta comprender que un amor fugaz, una conversación que dura apenas una tarde o una revelación que se diluye al despertar, poseen, precisamente en su fugacidad, una luminiscencia singular.


Desde tiempos remotos hemos levantado templos, ciudades, mitos y sistemas enteros para desafiar al tiempo, puesto que queremos fijar lo que, por naturaleza, fluye. Pero la permanencia, cuando se vuelve un absoluto, también se deteriora.


Es preciso aprender a saborear la intensidad del instante, habitar el presente y abrazar la brevedad, en cuya médula la vida se despliega en su más nítida belleza, pese a lo vulnerable que ésta pueda ser.


Claude Monet, Nenúfares azules (c. 1916-1919). Museo de Orsay, París.