A responder
Por Antonio Sánchez González.Médico.
La pregunta puede parecer abstracta y vacía. ¿Qué tipo de sociedad queremos construir en la era de la inteligencia artificial? Sin embargo, de la respuesta dependerán mañana nuestra libertad, nuestros empleos, nuestra definición de la verdad y el lugar donde quede la conciencia humana.
Pocos días después de la publicación de la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, ya es evidente que su texto plantea esa interrogante con una agudeza poco común. Y aunque puede que no compartamos todas sus aseveraciones, sería un error ignorar su planteamiento y su diagnóstico.
En las horas previas a su presentación, el propio León XIV aclaró que 100 años después de que su antecesor, el papa León XIII respondía con Rerum Novarum a las consecuencias de la Revolución Industrial que enfrentaba el mundo de entonces, él en nombre de la Iglesia Católica responde a la Revolución Digital. En ambos casos, surge la misma pregunta fundamental: ¿sigue el progreso al servicio del hombre? En ambos casos, se abre un nuevo ciclo intelectual y moral.
Pero, por supuesto, su texto va más allá de pretender complementar esta coincidencia histórica. Hace un diagnóstico sordo y a profundidad del propio hombre de hoy. Lo que el Papa llama el “Síndrome de Babel”: en sus palabras, la ilusión de construir un mundo donde la eficiencia está encima de la conciencia, donde la persona puede llegar a reducirse a un archivo de datos: con precisión describe el riesgo que la revolución digital supone para nuestras sociedades.
La encíclica nos recuerda un hecho que con demasiada frecuencia se obvia: la tecnología y la ciencia nunca son neutrales. Llevan el interés, no siempre el rostro, de quienes la diseñan, la crean y financian y hace un llamado a su correcta regulación. Y desafía a los líderes políticos sobre una cuestión que han evitado durante demasiado tiempo en el cada vez más acelerado reloj tecnológico: ¿quién ostenta este poder y, al servicio de qué lo ejerce? La encíclica no condena la tecnología.
Ahí está el corazón del reto y León XIV lo señala con claridad: «En el pasado, eran principalmente los estados quienes guiaban y dirigían la innovación. Hoy en día, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos.» Ayer tuvimos que humanizar la fábrica. Hoy debemos regular el algoritmo: para que sirva al bien común, porque nadie puede parar el progreso.
Y el Papa invoca a los grandes principios que en el último cuarto de milenio han estado en el centro de las relaciones humanas y del pensamiento político mundial. El primero es la dignidad incondicional de la persona: no puede adquirirse, no puede ganarse y no necesita demostrarse. El segundo es el bien común, que no es otra cosa que la forma social de esta dignidad reconocida por todos. Luego hace referencia a la subsidiariedad, que protege a los organismos intermediarios (asociaciones, comunidades trabajadoras, sindicatos) contra cualquier concentración excesiva de poder.
La cuarta es la solidaridad, entendida no como una redistribución abstracta de centavos, sino como la corresponsabilidad concreta entre individuos, pueblos y naciones. Estos principios no son legados fijos. Son brújulas políticas de la sociedad actual.
Esta realidad ya está escondida ante nuestros ojos, literalmente. Nunca una generación ha crecido, como la nuestra, bajo la mirada de algoritmos que captan la atención de niños y adultos, moldean su relación con el conocimiento, con la imagen de sí mismos y de los demás, a veces incluso antes de saber leer.
Ante la revolución digital, desde el día de su publicación, algunos solo ofrecen alternativas estériles: el miedo a la tecnología o el abandono al mercado. La encíclica describe una tercera vía: una reconstrucción compartida y cuidadosa, teniendo en cuenta la dignidad de cada persona, que transforma la diversidad en un recurso. Y esta no es una postura conservadora o temerosa. Es una ambición progresista, que simplemente se niega a reducir a la persona a un perfil de datos, a un costo de producción o a una fuente de utilidades.
La pregunta planteada por León XIV, qué tipo de sociedad queremos construir en la era de la inteligencia artificial, hace tiempo que está esperando respuesta de toda nuestra generación, independientemente de nuestras convicciones. Es precisamente a esto a lo que se nos llama, juntos, a responder.