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La prevención de la violencia machista

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

En el abordaje de la violencia contra las mujeres existe una tendencia a concentrar los esfuerzos en la respuesta cuando el daño ya se ha producido. Se interviene cuando existe una denuncia, una agresión, una amenaza o, en los casos más graves, cuando la violencia ha terminado en un feminicidio. Sin embargo, una política verdaderamente preventiva no puede limitarse a reaccionar frente a las consecuencias; debe ser capaz de identificar y atender las condiciones que permiten que la violencia aparezca, se mantenga y escale.

La violencia machista no surge de manera espontánea. Se construye a partir de múltiples factores individuales, familiares, sociales y culturales que pueden favorecer su normalización. Ideas de superioridad, necesidad de control, celos interpretados como muestras de amor, dificultad para aceptar límites, justificación de las conductas violentas y aprendizajes relacionados con determinados roles de género pueden convertirse en elementos que sostienen dinámicas de violencia. Ignorar estas condiciones significa intervenir únicamente sobre la manifestación visible del problema.

Por ello, prevenir no significa únicamente enseñar a las mujeres a reconocer señales de alerta o proporcionar mecanismos para abandonar una relación violenta. Aunque estas acciones son necesarias, una estrategia integral también debe preguntarse qué estamos haciendo para evitar que la violencia se produzca en primer lugar. La prevención requiere intervenir sobre quienes ejercen violencia, sobre los aprendizajes que la legitiman y sobre los contextos que permiten que determinadas conductas sean justificadas, minimizadas o incluso normalizadas.

Atender las causas implica pasar de una lógica exclusivamente reactiva a una lógica de anticipación. Significa identificar factores de riesgo antes de que se conviertan en agresiones, desarrollar habilidades para establecer relaciones basadas en el respeto y los límites, cuestionar las narrativas que convierten el control en afecto y trabajar sobre aquellas conductas que, aunque inicialmente parezcan menores, pueden formar parte de un proceso de escalamiento de la violencia.

La prevención también exige reconocer que no toda conducta violenta comienza con una agresión física. Puede comenzar con el aislamiento, la vigilancia, la descalificación, el control económico, la invasión de la privacidad, las amenazas, la intimidación o la imposición de decisiones. Cuando estas conductas son justificadas bajo argumentos como «lo hace porque me quiere», «es porque está celoso» o «solo perdió el control», se genera un terreno en el que la violencia puede avanzar sin ser reconocida como tal.

Por esta razón, atender las causas no significa justificar al agresor ni trasladar la responsabilidad a las víctimas. Significa comprender que una política de prevención efectiva debe intervenir antes de que exista una víctima. La responsabilidad de la violencia pertenece a quien la ejerce, pero la responsabilidad social de prevenirla corresponde a todos: instituciones, profesionales, escuelas, familias y comunidad.

La prevención de la violencia machista requiere, entonces, algo más que discursos de condena posteriores al daño. Requiere investigación, educación, detección temprana, intervención psicológica, fortalecimiento institucional y políticas públicas capaces de actuar sobre los factores que favorecen su aparición y permanencia.

Porque una sociedad que únicamente aprende a responder después de la violencia está aprendiendo a administrar sus consecuencias. Una sociedad que atiende sus causas tiene la posibilidad de evitar que el daño ocurra.