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El verdugo y el salvador

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

En la violencia de pareja existe una paradoja particularmente difícil de comprender: a veces, la misma persona que provoca el sufrimiento termina siendo también quien ofrece el alivio.

La relación puede comenzar sin violencia evidente. Hay afecto, compañía, proyectos compartidos. Pero poco a poco aparecen conductas que van modificando la dinámica: los celos se convierten en vigilancia, la preocupación en control, las discusiones en humillaciones y las diferencias en amenazas.

La persona violentada comienza a vivir en tensión.

Mide sus palabras. Evita determinados temas. Piensa antes de hablar. Aprende qué cosas pueden provocar una discusión y cuáles pueden evitarla. Su mundo comienza a organizarse alrededor de las reacciones de su pareja.

Y entonces, después de provocar ese miedo o esa angustia, llega el cambio.

La misma persona que acaba de insultar abraza.

La que amenazó pide perdón.

La que humilló dice “tú eres lo más importante para mí”.

La que provocó el conflicto promete que nunca volverá a suceder.

El verdugo se convierte, por un momento, en salvador.

Y esto importa porque el alivio también puede fortalecer un vínculo.

Después de una situación de violencia, el regreso de la calma puede sentirse extraordinariamente intenso. La tensión disminuye, aparece el afecto y la relación parece recuperar aquella versión que existía antes del conflicto. Entonces puede aparecer la esperanza: “Ahora sí va a cambiar”.

El problema es que la persona no solamente está intentando escapar del daño; también está esperando recuperar los momentos buenos de la relación.

Por eso resulta tan sencillo para quienes observamos desde afuera preguntar:

“Si sabe que la maltrata, ¿por qué se queda?”

Pero quizá una pregunta más útil sería:

“¿Qué ocurre cuando la persona que provoca el miedo también se convierte en la principal fuente de tranquilidad?”

Porque la violencia de pareja no siempre funciona mediante el miedo permanente. También puede funcionar mediante la alternancia entre miedo y alivio, entre agresión y afecto, entre amenaza y reconciliación.

Y esa alternancia puede hacer que la persona espere con cada vez mayor intensidad el momento en que vuelva a aparecer la versión cariñosa de su pareja.

El problema es que el alivio no demuestra que la relación sea segura.

Que alguien pueda hacerte sentir tranquilo después de haberte hecho sentir aterrorizado no convierte el miedo anterior en amor.

Una disculpa no transforma la agresión en una muestra de afecto.

Una promesa de cambio no borra lo ocurrido.

Y un momento de ternura no elimina un patrón de violencia.

Quizá una de las formas más difíciles de reconocer la violencia de pareja es precisamente cuando el agresor no ocupa permanentemente el papel de agresor.

A veces también es quien abraza, quien promete, quien consuela, quien dice que no puede vivir sin ti y quien asegura que todo será diferente.

El problema es que puede terminar construyéndose una relación en la que una misma persona provoca la herida y después ofrece la curación.

El verdugo y el salvador tienen el mismo rostro.

Y cuando eso ocurre, salir de la relación no significa únicamente alejarse de quien hace daño. También significa desprenderse de la esperanza de que algún día esa misma persona deje de ser el verdugo y se convierta definitivamente en el salvador que promete ser.

Por eso, frente a la violencia de pareja, quizá deberíamos dejar de preguntar únicamente por qué alguien permanece.