Adicciones: cuando aquello que alivia termina por atraparnos
Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Hablar de adicciones suele llevarnos inmediatamente a pensar en sustancias: alcohol, tabaco, cocaína, metanfetaminas u otras drogas. Sin embargo, la adicción es un fenómeno mucho más complejo que el consumo de una sustancia. También puede aparecer alrededor de conductas, experiencias y formas de relacionarnos con aquello que nos produce alivio, placer o escape.
Una de las ideas más peligrosas sobre las adicciones es pensar que quien las padece simplemente «no tiene fuerza de voluntad». Esta explicación resulta cómoda porque convierte un problema complejo en una característica personal. Pero una adicción no comienza necesariamente porque alguien quiera destruir su vida. Con frecuencia comienza porque encontró algo que, al menos durante un momento, funcionó.
Una sustancia puede disminuir la ansiedad. Una conducta puede distraernos de la tristeza. El juego puede producir una sensación de emoción y expectativa. La comida puede convertirse en una fuente inmediata de consuelo. Incluso determinadas actividades aparentemente cotidianas pueden transformarse en formas rígidas de escapar de aquello que resulta difícil tolerar.
El problema aparece cuando ese alivio comienza a tener un precio.
La persona aprende que determinada conducta modifica rápidamente su estado interno: consume y se tranquiliza; juega y se distrae; compra y experimenta satisfacción; revisa compulsivamente y siente que recupera el control. El alivio llega. Y precisamente porque llega, la conducta tiene mayores probabilidades de repetirse.
Así puede construirse un círculo difícil de romper: aparece el malestar, se realiza la conducta, llega un alivio momentáneo y posteriormente regresan las consecuencias. Entonces vuelve el malestar y la persona recurre nuevamente a aquello que ya aprendió que funciona de manera inmediata.
La paradoja es que aquello que originalmente servía para escapar del sufrimiento puede terminar produciendo más sufrimiento.
Con el tiempo, la persona puede comenzar a perder libertad. Ya no se trata solamente de «querer hacerlo», sino de sentir que necesita hacerlo. Surgen problemas familiares, económicos, laborales, académicos o de salud; aparecen culpa y vergüenza; se hacen promesas de cambio que después resultan difíciles de cumplir. Y mientras mayores son las consecuencias, mayor puede ser también la necesidad de volver a aquello que proporciona alivio.
Por eso, prevenir las adicciones no significa únicamente decirle a los jóvenes «no consumas». La prevención también implica enseñar a reconocer el malestar, desarrollar estrategias para enfrentarlo y construir relaciones, proyectos y espacios donde una persona pueda encontrar bienestar sin depender de una única fuente de recompensa o escape.
También necesitamos cambiar la manera en que hablamos de quienes viven una adicción. Estigmatizar puede aumentar la vergüenza y el aislamiento, y estos factores pueden dificultar todavía más la búsqueda de ayuda. Comprender una adicción no significa justificar las conductas dañinas ni ignorar sus consecuencias. Significa reconocer que detrás de ellas existe un proceso psicológico y conductual que puede ser evaluado y tratado.
Una persona con una adicción no necesita solamente que le digamos que deje de hacerlo. Necesita comprender qué función está cumpliendo esa conducta en su vida, qué la mantiene y qué alternativas puede aprender para enfrentar aquello de lo que intenta escapar.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente: «¿Por qué no lo deja?».
También deberíamos preguntarnos:
«¿Qué está obteniendo de aquello que no puede dejar?»
A veces, la respuesta revela el verdadero problema.
Porque combatir las adicciones no consiste solamente en quitar una sustancia o detener una conducta. Consiste también en ayudar a la persona a construir una vida en la que ya no necesite escapar constantemente de sí misma.