Zacatecas en el horizonte. El imperativo de la mirada transexenal
Médico Antonio Sánchez González
Hay una patología recurrente en el ejercicio público de nuestro país: la tiranía del calendario sexenal. Nos hemos habituado a concebir el destino de una comunidad en fragmentos artificiales de seis años, como si las transformaciones profundas de un territorio pudieran inaugurarse y clausurarse al compás de los relevos gubernamentales. Sin embargo, los grandes dilemas de Zacatecas no atienden a los ciclos electorales; poseen la inercia de los procesos crónicos, aquellos que no admiten paliativos de coyuntura y cuya postergación sistemática termina por comprometer la viabilidad misma de nuestro porvenir. Un porvenir que debe estar planeado.
Pensar a Zacatecas con un horizonte de dos décadas no es un ejercicio de retórica abstracta, sino un acto elemental de responsabilidad cívica y diagnóstico riguroso. Si aspiramos a heredar una tierra habitable, cohesionada y productiva, debemos convenir en aquellas prioridades que no pueden continuar sujetas al vaivén partidista ni a la refundación sexenal.
En primer término, se erige el límite biofísico ineludible: la seguridad hídrica. Ningún proyecto económico, industrial o social puede prosperar sobre mantos freáticos exhaustos. Acuíferos estratégicos como Chupaderos, Calera o Aguanaval exhiben un abatimiento que bordea la irreversibilidad. Dado que el sector agropecuario consume más del ochenta por ciento del recurso hídrico, la modernización y tecnificación del riego parcelario, la reconversión hacia cultivos de menor huella hídrica y el tratamiento y reúso riguroso de aguas urbanas son asuntos de estricta supervivencia. Recuperar el balance hidrológico del estado exige un plan técnico ininterrumpido a veinte años, blindado frente a cualquier tentación de recorte presupuestal. Y ya vemos lo que está sucediendo con Milpillas.
De forma paralela, la fisonomía demográfica del estado experimenta una mutación silenciosa pero irreversible. Décadas de éxodo de nuestros jóvenes hacia el norte o hacia las metrópolis industriales vecinas, sumadas al descenso sostenido de la natalidad, han acelerado el envejecimiento de la población zacatecana a un ritmo superior al promedio nacional. Esta realidad impone replantear la estructura misma de la salud pública: el modelo asistencial debe virar con urgencia hacia la medicina preventiva y la atención ambulatoria de enfermedades crónico-degenerativas —diabetes, hipertensión, obesidad, insuficiencia cardiaca, insuficiencia renal, osteoartrosis y el consumo abusivo de alcohol— que amenazan con colapsar los sistemas de seguridad social y minar la estabilidad económica de los hogares.
En el terreno económico, la pasividad roza la negligencia. Mientras las entidades vecinas del Bajío absorbieron la relocalización industrial y el desarrollo tecnológico, Zacatecas permanece marginado en un modelo extractivo de corte colonial: extraemos mineral en bruto y cosechamos a granel para que otros transformen, agreguen valor y generen riqueza. La inversión productiva no llega por decreto; huye de un estado sin certidumbre energética, sin carreteras, sin comunicaciones, sin energía, sin personal con altos niveles de especialización, sin trabajadores educados para satisfacer las demandas técnicas del aparato productivo en el contexto actual, sin ramales suficientes de gas natural y, sobre todo, sin Estado de derecho. Disfrazar la extorsión sistemática a comerciantes y agricultores, el despoblamiento de comunidades rurales y el miedo en las carreteras como situaciones «controladas» no es pacificación: es claudicación frente al crimen.
Cuando un médico enfrenta una condición crónica compleja, no altera el tratamiento de fondo cada semana por capricho; sostiene el método, monitoriza la evolución y ajusta la intervención con disciplina clínica. De igual forma, Zacatecas no puede seguir reiniciándose cada seis años. Urge articular un pacto transexenal vinculante entre sectores productivos, academia, gremios profesionales y sociedad civil. Mirar a veinte años implica elevar la vista por encima de la inmediatez electoral y comprender que el mérito de un gobierno no radica en cortar el listón de una obra efímera, sino en sembrar las certezas estructurales para las generaciones que aún están por llegar.