El derecho a no tener que huir
Médico Antonio Sánchez González
Dicen los discursos de café y los informes oficiales —esos redactados con la frialdad de quien jamás ha buscado trabajo sin tener palancas— que la juventud es el «futuro de Zacatecas». Hermosa metáfora, si no fuera porque aquí el futuro parece una condena a prisión domiciliaria o un boleto de autobús solo de ida.
Caminar por la plaza principal de un municipio zacatecano o recorrer las calles del centro histórico de la capital nos confronta con una realidad inapelable: la juventud de Zacatecas vive atrapada entre la inercia institucional y la desesperanza cotidiana. La pregunta ronda en cada taller mecánico, en cada conversación nocturna entre amigos, en cada mesa universitaria: ¿A qué nos quedamos?
Para un joven en este estado, llegar a los veintitantos años se ha convertido en un acto de resistencia. Por un lado, la sombra penetrante de la inseguridad, que arrebató la paz a las familias y ha despojado a las calles de su vitalidad. Por el otro, un cerco económico que asfixia. Las opciones reales se reducen con pasmosa violencia: marcharse al norte a buscar la suerte que la patria chica les niega, resignarse al subempleo en el comercio informal, o enrolarse en las estructuras del poder público previa subordinación política.
El modelo de desarrollo regional parece diseñado para ahuyentar el talento. Todos los días se habla de nuestras universidades, de los miles de egresados que año con año reciben un título profesional con la ilusión de transformar su entorno, solo para topárselo de frente con la pared del «no hay vacantes» o el salario de miseria. ¿De qué sirve formar abogados, ingenieros, médicos, artistas o tecnólogos si la economía local se reduce a una burocracia desbordada y a una infraestructura productiva que no despega?
El dolor supremo no es solo la falta de dinero; es la erosión de la esperanza. Crecer en Zacatecas hoy implica aprender a convivir con la resignación. Implica escuchar desde las cúpulas políticas las mismas promesas gastadas de «pacificación» y «reactivación económica», mientras las oportunidades siguen concentrándose en los mismos grupos de siempre. La meritocracia aquí es una fábula lejana; pesa más el apellido, el compadrazgo o el color del partido en turno que la capacidad académica o la vocación transformadora.
Sin embargo, frente al diagnóstico demoledor, surge el dilema ético e histórico: ¿debemos claudicar y entregarle el estado al abandono? ¿Es la emigración la única respuesta sensata como hace décadas parece dictar el ADN de los nacidos aquí?
Decirle a un joven que se quede «por amor a Zacatecas» sería una irresponsabilidad demagógica. La permanencia solo cobra sentido si se entiende no como resignación, sino como rebelión.
Quedarse en Zacatecas hoy significa arrebatarle el territorio a la apatía. Quedarse a qué: a construir ciudadanía donde los gobiernos han fallado durante décadas; a emprender con terquedad con el viento en contra; a fiscalizar al poder que pretende actuar sin contrapesos. La verdadera esperanza de esta tierra no vendrá de una línea presupuestal ni de la benevolencia de un funcionario en turno; vendrá de la capacidad de la juventud para organizarse, exigir y tomar el espacio público que le pertenece por derecho.
Zacatecas no puede permitirse el lujo de seguir exportando su activo más valioso: la inteligencia y la energía de su gente. Cada joven que aborda un camión hacia otra ciudad o cruza la frontera representa una derrota colectiva, una grieta más en el piso de nuestra sociedad.
Un joven tiene razones para quedarse aquí si decide que su futuro no tiene por qué estar en las manos ineficaces de otros. Hay que quedarse a exigir empleos dignos, a exigir seguridad sin pretextos, a rescatar el patrimonio cultural y la tranquilidad que nos fueron arrebatados. Hay que quedarse porque esta tierra es de quienes la habitan, no de quienes la administren mal.
La esperanza en Zacatecas no es una promesa gubernamental; es un acto de coraje. Y mientras haya jóvenes dispuestos a cuestionar, a crear y a incomodar al statu quo, la puerta estará entreabierta.