La salud imaginaria y sus nuevos curanderos
Médico Antonio Sánchez González
En el México de 2026, donde la conversación pública sobre salud se ha vuelto omnipresente, pareciera que hemos entrado en una versión contemporánea de El enfermo imaginario. Molière, con su ironía quirúrgica, en 1673 retrató a Argan, un hombre rodeado de supuestos expertos que explotaban sus miedos para venderle curas inútiles. Cuatro siglos después, la escena se repite, aunque con actores distintos: plataformas digitales, gurús del bienestar, empresas que prometen felicidad corporativa y una sociedad que confunde malestar con enfermedad.
La ampliación de la definición de salud —que incorporó el bienestar físico, mental y social— buscaba reconocer dimensiones históricamente ignoradas. Pero también abrió la puerta a una interpretación subjetiva donde cualquier incomodidad puede considerarse patología. En Zacatecas, como en el resto del país y buena parte del mundo, proliferan discursos que equiparan tristeza con enfermedad, cansancio con diagnóstico, estrés con urgencia clínica. La salud se vuelve un espejo emocional, y el criterio científico queda relegado frente a la autopercepción.
Este fenómeno ha sido amplificado por la tecnología. El quantified self, esa obsesión por medir cada paso, cada latido, cada hora de sueño, ha creado una nueva clase de pacientes imaginarios: personas sanas que viven bajo vigilancia constante, interpretando cada fluctuación como señal de alarma. Los dispositivos prometen control, pero muchas veces producen ansiedad. El nocebo —la expectativa de daño que termina generándolo— se ha vuelto parte de la vida cotidiana. En México, donde el acceso a servicios de salud es desigual, la tecnología se presenta como sustituto del médico, pero no siempre como solución.
A la par, han surgido los nuevos “profesionales” de la salud: coaches emocionales, terapeutas sin formación, influencers del bienestar que ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Su autoridad no proviene del conocimiento, sino de la retórica. Son los médicos imaginarios de Molière, pero con micrófono y pantalla, seguidores y cursos de fin de semana. Prometen curar la tristeza, desbloquear la energía, “sanar desde adentro”. Y lo hacen en un contexto donde la violencia cotidiana, la desesperanza social y la precariedad laboral abonan terreno fértil para soluciones mágicas.
El ámbito laboral ha adoptado este discurso con entusiasmo. Las empresas hablan de “entornos saludables”, “salario emocional” y “bienestar integral”. Ofrecen talleres de meditación, pausas activas, sesiones de manejo del estrés. No es que estas iniciativas sean negativas; cuidar a los trabajadores es un deber ético y legal. El problema surge cuando el bienestar se convierte en sustituto del salario, cuando la felicidad se exige como indicador de productividad y cuando la responsabilidad de la salud se traslada exclusivamente al individuo. En medio país, donde miles de trabajadores enfrentan jornadas extensas, inseguridad y sueldos insuficientes, pedirles que “gestionen sus emociones” sin mejorar sus condiciones es una forma de invisibilizar la raíz del problema.
La salud, en este nuevo paradigma, corre el riesgo de convertirse en un producto cultural más que en un derecho. Se implementan políticas sin evidencia, se normalizan prácticas invasivas —como la monitorización de emociones o la promoción de pruebas genéticas en entornos laborales— y se recopilan datos personales bajo la bandera del bienestar. La línea entre cuidado y control se vuelve difusa.
Mientras tanto, el absentismo laboral crece. ¿Es consecuencia de una mayor conciencia sobre la salud mental o del agotamiento que produce este modelo de bienestar obligatorio? La pregunta es pertinente. Cuando la empresa presume ser un espacio saludable, el trabajador que no se siente feliz es visto como problema, no como síntoma de una estructura que quizá necesita revisión.
La lección de Molière sigue vigente: una sociedad que considera enfermo a quien no lo es y profesional de la salud a quien solo domina la oratoria termina por desvalorizar a los verdaderos pacientes y a los verdaderos médicos. En Zacatecas, donde los retos sanitarios son reales —desde la atención primaria hasta la salud mental y la prevención de enfermedades crónicas—, necesitamos comunicación efectiva, claridad conceptual, evidencia científica y políticas públicas que distingan entre bienestar y salud, entre acompañamiento y charlatanería.
La salud no es espectáculo, ni mercancía, ni estado emocional permanente. Es un derecho que exige responsabilidad colectiva, instituciones sólidas y profesionales formados. Todo lo demás es ruido, o en palabras de Molière, teatro.